Google Website Translator

viernes, 1 de junio de 2018

JUSTO EN EL TIEMPO


De camino a la cocina tropieza con su madre, o lo que queda de ella: Tiene los ojos hundidos por la presión del tiempo y la figura vencida por el inminente desplome de unos huesos que anhelan descansar un segundo en la tierra para asaltar el cielo en forma de polvo evaporado. Balbucea algo incomprensible como si desde un mando a distancia le hubieran bajado la voz al tres. Son casi las dos del mediodía y no ve el mantel puesto, una hora que jamás le pilló a ella sin tener vestida la mesa, sin salir nada humeante de los fogones de trigo y bullicio para alimentar ejércitos, sin sentir que algo importante pasará por sencillo y cotidiano que sea. No se desprende del humilde instinto protector ni cuando la furibunda vejez le ha arrancado la piel dejándola expuesta a un final que lo vacía todo. La bondad no es un bien que se gana con el comercio, se le arrebata al odio con la convicción de un kamikaze indolente y burlón. La sabiduría no la da un puñado de triunfos, más bien la da un par de estrepitosos fracasos que solo fructifican en corazones bruñidos, inquebrantables y de indómita generosidad. El hijo, de camino al trabajo piensa que, a falta de hijos, buenas son las madres.
Quien al principio le dio tosca forma, al final, sorprendentemente lo esculpió. Y se alegra de que aun esté justo en el tiempo con él.
     

viernes, 25 de mayo de 2018

EL ÚLTIMO PUÑADO DE TIERRA


La ceremonia se tiñe de húmedo silencio que se rompe con un puñado de tierra cayendo sobre el cadáver como el último golpe de maraca al final de una canción. Todos de pie y de negro reprimen con respeto la teatralidad que supondría liberar a los actores dramáticos que llevan dentro. Las nubes son un cúmulo de grises en dirección a la tormenta más oscura. Los segundos caen como lacerantes alfileres sobre la escasa multitud. Los minutos son coronas de flores que nadie tiene a su alcance pagar. Y a la hora de irse, nadie quiere ser el último. Están al aire libre y a todos les falta, se podría decir que sus pechos son hormigoneras moviendo polvo de cemento sin agua. Se oye una voz infantil quejándose y su madre le intenta acallar sin comprender que en su tierna situación, presenciar cualquier final le aburre, que no está para cavar tumbas, que los ladrillos son para construir y no para enmarcar fechas. El miedo es patrimonio del vivir, no del morir. Tras la molestia surgen murmullos de malestar, quien está más cerca de la tierra que de la vagina suele comportarse así. Empieza a llover y convierte la tierra en barro. Los menos allegados con discreción se dispersan, los más aguantan estoicamente el chaparrón. La ceremonia se da por concluida cuando el cielo se despeja. Todos desaparecen, menos uno. 

sábado, 5 de mayo de 2018

FIEBRE EN LA CALAVERA


Cuando encuentras motivación, tanto si la buscas como si no, los grados naturales de tu cuerpo se elevan hasta romper cualquier termómetro que se acerque a tu piel, excitando la necesidad de expresar emociones y hacer de la catarsis creación. La fiebre ayuda a disolver lo cotidiano, a llevarte a las afueras de la mediocridad y desde esa venturosa anomalía proporcionarte visión sin límites, esa que te ayuda a extraer lo que de otra forma permanece oculto. Para crear hay que sacrificar con un baño de sangre la limitada realidad sin que el pulso tiemble. Hay que buscar la ganancia en el intento una y otra vez, a pesar de no sacar más que locura, esfuerzo, fracaso y pérdida. A veces solo es cuestión de actitud y la mejor actitud es comprender que nos falta talento y nos sobra medianía en el mejor de los casos y aun así, sobreponernos a tamaña aceptación y dejar que la fiebre llegue a la calavera y funda con su delirio la paralizante realidad para, como asnos tozudos, volver a sentir esa maravillosa sensación que da crear algo, aunque simplemente sea en realidad descubrir para nosotros, lo que antes alguien creó. La fiebre estuvo, está y estará solo en los grandes. Lo acaparan todo. No dejan ni el calor residual. Pero beber de sus fuentes motiva al artista más gélido y provinciano. Y si se hace honestamente, algún grado de fiebre llegará a tu calavera y al menos mientras estés en el proceso de creación, serás un artista. Y si lo sigues siendo cuando acabes tu obra, algo tan improbable como la paz en el planeta, será lo de menos.            

viernes, 27 de abril de 2018

MENTIRAS COMO PUÑOS


Dicen que las mentiras se inventaron para poder soportar las verdades. Que exquisitas mentiras bien soltadas con prudente administración, nos protege del rayo mortal que emite cualquier chusca verdad con su luz absolutamente abrumadora, inquisitiva y cruel. Los cementerios están llenos de aburridas verdades. En menos de lo que canta un gallo todos seremos tristes verdades, con lo cual y mientras tanto, mejor contarnos alegres mentiras para que la puta realidad nos pille riendo con despreocupación, sin importarnos si por ello perdemos un paraíso, que por cierto es solo una mentira más. Y si hablamos del infierno ni te cuento, se han visto más llamas en Valencia en cualquier marzo. Una falla con el vientre lleno de petardos es una hermosa mentira que al morir alegre y aposta, sube al cielo con su humo socarrón dejando a la tierra pesada con dos palmos de narices. Un buen día se desarrolla al soñarse la noche anterior cuando lo imagina un poeta de verdad, de esos de los que saben hacernos temblar con sus sublimes mentiras tipográficas. Falsos textos necesarios para humildes mortales que al leerse nos convierte en ninots cargados de petardos en la noche de la cremá a punto de subir hacia las estrellas como humo de colores carbonizados al prenderse. La verdad está sobrevalorada, es fea y sin humor. Carece de magia y de sorpresa. Podría decirse que es de todo menos humana. Ni siente ni padece. Espanta su fría perfección, su previsible desarrollo, su fórmula irrefutable sin alma, pulso o vida.
Dicen que mentir sin gracia es como la pólvora mojada que en vez de explotar, ensucia. Es cierto y no tiene discusión. Pero una inteligente mentira de vez en cuando no tiene precio, sobre todo si nos hace esbozar una sonrisa antes de arder quemados por la estirada verdad, esa que parece tener metido un palo por el culo. Aunque una mentira mal usada es, la peor de las verdades.