jueves, 8 de marzo de 2012
DE CAMINO A CASA
Huele a madrugada, las últimas luces de un pueblo, dos figuras que se adentran en una carretera estrecha y recta, huele a manos entrelazadas, un silencio poblado de sonidos pequeños, grillos, ramas, hojas, búhos, la cadencia sosegada de los propios pasos, andándose, ladridos que ladran a lo lejos, huele a agosto, a espliego, a sed, recuerdos, huele a asfalto, a cuneta, el brillo majestuoso de un cielo estrellado, cenital, dos cabezas que miran en una misma dirección, huele a verde, a tierra, a negro, huele a beso, a la distancia que separa a ambas cabezas de todo lo demás, huele a reloj de pared dormido en su cama, a paz, a siempre, el dulce hormigueo del amor sin palabras, huele al polvo del camino, el resplandor lejano de un motor que se aproxima, huele a unas décimas de frío, a chaqueta tejana, la felicidad del próximo amanecer, su tristeza, huele a hoy, a manzanilla, trigo, amapola, huele a pino, huele a qué, a máquina, velocidad, risas, vendaval, estrépito, gritos, luz cegadora, mole, huele a miedo, huele a frenos, a rueda que rechina, caucho desollado, el látigo que se dibujará en el asfalto, cuando amanezca, huele a tres segundos más y luego huele a nada, a pasmo, paréntesis, ruidoso silencio, dos corazones que bombean su sangre violentada, huele a flor de piel, huesos, músculos, nervios, dos espaldas reafirmadas en el suelo, el aire que se respira, el infatigable tránsito de las estrellas, su inmovilidad de años luz, su fulgor, una mano tibia que te acompaña, el largo camino de vuelta a casa.
Texto de Pepa Ruiz.
lunes, 5 de marzo de 2012
PREFIERO NADA GRANDE
jueves, 1 de marzo de 2012
ASTILLAS PARA UNA HOGUERA
Las manos atadas bajo un fuerte aguacero. Los dos revoloteándonos sin poder tocarnos, sin atisbar la tormenta, sin sentir el frío de las cadenas. Algo nos une al menos.
Dijiste que somos intercambiables, que somos piezas de un frágil puzzle de húmedos contornos bajo la necesidad. Algo nos une, contesté.
Los ojos obligados a mirarnos. Los tuyos, oblicuos y recelosos como hechos de un zarpazo. Los míos, saltones y confiados como los de un sapo capaz de creerse la fábula.
Hubo tiempo para el desánimo, la carencia, la congelación y el deterioro. Quizá no supe hacerle frente, espantado y desorientado como estaba. Quizá ese trabajo me esté eternamente vedado.
Algo nos ha unido, pensaba.
Llegó el maldito invierno para dejar la piel expuesta y erizada. Dijiste que los suburbios no son cálidos, que la voluntad tiene extrañas aristas, que el frío no desata pasiones.
Y yo dije que echáramos las astillas, todas, a una hoguera.
Algo nos une: las brasas.