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jueves, 3 de abril de 2014

COSAS MEJORES QUE HACER


Queda tan lejos la pérdida que parece que nunca haya poseído nada. Recuerdo el extraño cansancio en medio de la trazada alegría. La circulación era de grumos, el bienestar molesto y la voluntad ausente. Daba por hecho que la existencia estaba decorada de grises en mi alrededor y en el de los demás; que las posibilidades no pasaban de una; que la elección era una bonita rotonda… y que la suerte era eso.
Era un maldito creyente de piedra en el soportal del milagro en bucle, acomodado en la miseria de la estrechez, tan deudor y agradecido como inexperto y ciego. Entregaba al vacío lo que creía compartir mientras el embaucador eco de la usurpación me tenía entretenido y conforme. Aun así, sabía que yo no era trigo limpio, ni mucho menos, cosa que provocaba en mi petit comité una vergonzante náusea, la cual traté por todos los medios ocultar. Darme generosamente, era mi torpe manera de conseguir la expiación.
El mayor de mis errores no fue hacerlo mal, fue el tiempo que tardé en encontrar la salida; en hacer de mi vida algo mío; en disculparme por abandonar la rotonda; en confesar que mi peor enemigo soy yo; en descubrir que a narcisista no me gana nadie; y que, lamentando con sinceridad el daño causado por mi fatal lentitud, comprender que, incluso desde el principio, siempre tuve infinidad de cosas mejores que hacer.


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