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jueves, 10 de abril de 2014

EN MI DECADENCIA MANDO YO


Un paseo por la orilla del mar en silla de ruedas será mi deseo cuando mis piernas rebosantes de enfermedad o vejez digan basta. Un silencioso soplo de aire fresco necesitaré cuando salga de un antro, de esos en los que si algo pasa, allí debe quedar. Me amputaré la razón si con ello consigo sobre volar culpas, heridas y daños. Un montón de huidas me salvarán de la humana esclavitud, dejando atrás carnes irónicas, huesos encadenados, venas en vinagre y órganos en total putrefacción. Me gustaría volar en pleno derrumbe. Elegir la roca donde estampar mi grácil estampa. Y convencer al fracaso de que el único culpable soy yo.
Un día de compras en los suburbios será mi deseo cuando el placer se haya convertido en simple ausencia de dolor. Buscaré chamanes para almas perdidas, curanderos jubilados o sacerdotes de fe gastada. Buscaré lo que nadie dice encontrar. Pa errores los colores. Y no pediré cuentas, o al menos esta es mi ilusión hoy en día, aunque no pongo las manos en el fuego por un tipo como yo.
Las palabras se escapan tristes pero mías.
Ojalá sonreír sea mi último deseo.

jueves, 3 de abril de 2014

COSAS MEJORES QUE HACER


Queda tan lejos la pérdida que parece que nunca haya poseído nada. Recuerdo el extraño cansancio en medio de la trazada alegría. La circulación era de grumos, el bienestar molesto y la voluntad ausente. Daba por hecho que la existencia estaba decorada de grises en mi alrededor y en el de los demás; que las posibilidades no pasaban de una; que la elección era una bonita rotonda… y que la suerte era eso.
Era un maldito creyente de piedra en el soportal del milagro en bucle, acomodado en la miseria de la estrechez, tan deudor y agradecido como inexperto y ciego. Entregaba al vacío lo que creía compartir mientras el embaucador eco de la usurpación me tenía entretenido y conforme. Aun así, sabía que yo no era trigo limpio, ni mucho menos, cosa que provocaba en mi petit comité una vergonzante náusea, la cual traté por todos los medios ocultar. Darme generosamente, era mi torpe manera de conseguir la expiación.
El mayor de mis errores no fue hacerlo mal, fue el tiempo que tardé en encontrar la salida; en hacer de mi vida algo mío; en disculparme por abandonar la rotonda; en confesar que mi peor enemigo soy yo; en descubrir que a narcisista no me gana nadie; y que, lamentando con sinceridad el daño causado por mi fatal lentitud, comprender que, incluso desde el principio, siempre tuve infinidad de cosas mejores que hacer.


jueves, 27 de marzo de 2014

TRANQUILAMENTE


Asomado al precipicio busco con tranquilidad argumentos para detenerme. Abajo se acumulan apretados finales sin lugar para otros que no sean el mío. El vertedero recibe productos del uso. Hago una fogata frotando palillos húmedos por el desencanto. En el borde no hay una temperatura adecuada y la decisión no admite demoras. No se pueden esperar milagros en documentales.
He traído bebida para emborrachar a un muerto. Nunca pude mirar de frente a la realidad. A falta de valor, buenos son los sueños aunque sean caminos sin salida. Siempre tuve a mi lado un sastre llamado ficción. El barranco me ofrece el don de la invisibilidad. Vuelvo la vista apenas un segundo y sinceramente, hay poco que salvar. Quizá una mano que me empuje. Quizá alguien que desee saldar las deudas que contraje. Alguien que desee venganza y la obtenga. Prometo dar facilidades.
Asomado al pozo busco la inercia para no detenerme, para no quedarme a medias. No hace falta que me precipite. Tan solo se trata de precipitarse. Precipitarse con suma tranquilidad.

jueves, 20 de marzo de 2014

SIN TIEMPO QUE PERDER


En algún momento de distracción se me volcó el reloj de arena y ahora que limpio mis pies adentrándome en la playa no quedan chiringuitos, ni socorristas en top-less que me ofrezcan segundas oportunidades.
Sentir el roce de las hojas del calendario cayendo a tus espaldas solo puede significar una inquietante cosa: que lo has sobrepasado.
De joven, dejaba los deberes pendientes. De viejo sé que, aunque los haga, quedarán sin corregir.
Habito en la premura, en la celeridad y en el pretérito imperfecto.
Antes de formalizar la expulsión me gustaría embellecer el paso y maquillar los errores añadiendo unidades paliativas al conjunto. Aunque, sin ser muy pesimista, lo único que llegaré a hacer será quedarme con el adiós en la boca.
Estoy sin tiempo que perder pero se pierde sin querer.
En algún momento de lucidez se me olvidó poner el despertador y comprendí que los segundos no existen si no los cuentas. Y ahora que mi antebrazo se broncea en la playa sin marca de reloj alguno, llega mi hora.