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viernes, 11 de marzo de 2011

DIARIO DE UN JOVEN QUE MURIÓ


Acurrucado en un rincón de la habitación acarició un libro gastado y casi con las pulsaciones de un motor fuera borda abrió las tapas arrugadas como olas comprimidas. La emoción del descubrimiento tensaba los nervios y la adrenalina del peligro le acechaba como una navaja apretando la piel lo justo para no penetrarla haciendo que los cojones se le encogieran, endurecieran y se le subieran a la altura del ombligo. De un tirón acabó las historias que le contaba Jim Carroll cuando era joven. Arrogancia, carencia de mesura, sensación de inmortalidad, la vida a mordiscos y el mundo esperando ser devorado. Todo ello es sinónimo de juventud.
Después de unos años aquel adolescente está ahora, vencido, acurrucado, viejo y tembloroso. Está en el sofá frente a un televisor HD, bajo una manta de viaje avergonzada de su nombre.
El mismo chaval que un día quiso vivir con furia ha muerto.
La gente suele morir.
La gente tiene la mala costumbre de morirse.

viernes, 4 de marzo de 2011

CAMBIO DE DOMICILIO

Arden almas en la hoguera dejando humo de sudores evaporados y brasas que solo sirven para cocinar castañas. Las promesas se olvidaron en el calor de un infierno instantáneo por efecto de extrañas sustancias. Las sábanas frías de camas deshechas son los restos de amantes que intentaron amarse. Los platos apilados en un fregadero a la espera de agua y jabón son campanas tañendo sin badajo. El pulso vibrante de un televisor se agota cuando llega la orden de desalojo. El olor de café es una pegatina adherida a una ventana cerrada. Las llaves son de papel y se arrugan al penetrar en la vagina metálica que es el bombín de la puerta blindada. El buzón está herido y mudo. Le crujen las tripas por falta de palabras. La publicidad no alimenta y las facturas consumen calorías a marchas forzadas.

Hace un calor de justicia y puede provocar un cortocircuito en la instalación eléctrica. Puede que las llamas suban hasta el cielo.

Entonces, lo mejor es cobrar el seguro y amarse con despilfarro hasta morir para empadronarse en el cielo.

CORAZONES A PUNTO DE TRASPLANTAR

La continuidad florece aniquilando el egoísmo.

Nuestro planeta no se llama Gaia, se llama Ego. Y es tan grande como el Universo.

Y es tan enorme debido a la suma de diminutos egos que lo pueblan. Su conciencia incendiaria acumula tanta estulticia a lo largo de los siglos que está a punto de explotar como una última mascletá de asco, eso sí con bilis de chulos colores en el cielo encapotado. Bella tormenta podrida como el adiós de un ángel negro al marcharse dejando la tierra quemada. Si mi mal me destruye, repartir enfermedad es mi consuelo. Y llegado a este punto, debo ser sincero y aceptar con cobarde vergüenza que algo de razón tiene el puto ángel caído: Si muero, el mundo se acaba para mí y que le den. Pero hay un resquicio de luz en la pérdida. Puedo darme otra oportunidad donando mi corazón fracasado a alguien que lo necesite, alcanzando así acaso florecer, continuar y curar lo que yo no pude.

SERVICIOS SECRETOS

En las altas esferas se urden complots, maquinaciones ocultas, conspiraciones y, en los tiempos residuales, inventan chistes de agentes secretos.

Nos vigilan en la sombra, el Mosad, la Cía, el Kgb y el Cni.

Hace poco, sin ir más lejos, noté un cosquilleo en la nuca estando sentado en el retrete, signo inequívoco de que algún grupo de presión me espiaba. Silbé con torpe disimulo, haciendo coincidir el agudo sonido labial con el grave estertor intestinal. Y sonreí para mis adentros pensando como despistaría a los servicios de inteligencia en el justo momento de interpretar la grabación. Se lo puse jodido, lo sé. Supongo que el informe fue confuso. A pesar de contar con un software en audio de la hostia, separar el silbido del estertor fue un quebradero de cabeza. No supieron si la cosa venía dura o blanda. Desde entonces, sonreír y cagar es todo uno para mí.

No soy quien para dar consejos, pero sí puedo dar una pequeña sugerencia: Nos hace un poco mejores, actuar cuando estamos solos, pensando que alguien nos vigila. Llámese Mosad, Cía, Kgb, Cni o Dios.