Google Website Translator

jueves, 20 de octubre de 2011

CRISTALES ROTOS EN LA ALMOHADA

Había un hombre que siempre se levantaba desvencijado, brumoso, herido de muerte.

Cada mañana su cuerpo tenía resaca de castigo.

Huérfano de alma vagaba como zombi ciertamente falto de humanidad, gastado, expulsado de su propia carne.

Había desarrollado un terrible temor a dejarse vencer por el sueño que nunca había sido reparador.

No entendía su extraña enfermedad, compuesta de cansancio, dolor y pegamento nocturno endurecido.

Cuando entraba a la ducha no caía agua, caía sal sobre una piel cuarteada en toda su extensión. Dicen que lo que pica cura, pero para él sólo era una irónica frase de viejas, cargada de infección.

Buscó remedio en la ciencia, en los mercaderes charlatanes, en la díscola fe, pero sólo encontraba fraude, decepción y burla.

Desesperado dejó la cama vacía y sorprendentemente comenzó a sentirse aliviado.

Se esforzó en estar despierto lo más posible, callejeando.

Un día, quizá el último que podía aguantar, conoció a alguien que se apiadó de él entrando en su vida cotidiana, y al ver su cama desecha de tiempo, se puso manos a la obra, y al cambiar las sábanas encontró cristales en su almohada. Recicló el vidrio y le regaló el primer descanso de su vida.


¿QUIÉN?...YO

Tanto ser diverso (tantos dioses y demonios

éste más ávido que aquél) es un hombre


(tan fácilmente uno se esconde en otro;

y, no obstante, cada uno, siendo todos, no escapa de ninguno)

tumulto tan vasto es el deseo más simple:

tan despiadada mortandad la esperanza

más inocente (tan profundo el espíritu del cuerpo,

tan lúcido eso que la vigilia llama sueño)


tan solitario y tan nunca el hombre solo

su más breve latido dura un año terrestre

sus más largos años el latido de un sol;

su más leve quietud lo lleva hasta la estrella más joven


¿Cómo podría ese tanto que se llama a sí mismo Yo

atreverse a comprender su innumerable Quién?


Texto de Pepa Ruiz

viernes, 14 de octubre de 2011

BARROTES Y VENENO

Caminando furioso por calles emponzoñadas con oxígeno maduro de perpetuas exhalaciones. Con el corazón podrido de veneno. Con las manos preparadas para el engaño, la trampa, el hurto y la degollina. La fila de incautos se incrementa al ritmo del deseo acuciante del mal que camina sobre brasas haciéndolas crujir.

El frío metal del pecho, con costillas como barrotes, oculta un latido tóxico y profundo. Su rastro de azufre impregna cada recoveco, cada gránulo, cada partícula, cada desaparición cruzando el azul extremo.

Un mendigo arrodillado pide monedas para perfeccionar la ruina, vino de brik para disolver los sentidos y una cuchilla oxidada para completar la descomposición. El caminante pasa a su lado sin prestar atención. Sabe que no necesita esforzarse, que sin su intervención todo seguirá el curso debido.

El resto del recorrido es igual de fértil.

Una chica apenas adolescente se asoma al mundo a través de la ventana de un séptimo piso. Un hombre enfermo de odio trama liberarlo, no necesita ayuda, se bastará a sí mismo. Una ambición hecha de carne y hielo se arrastra por el siguiente sórdido callejón buscando despojos.

Una lluvia desatada, inflama de agujas el cielo que al caer precipitadamente se clavan en nuestros corazones derramando veneno en vez de sangre.

El caminante se evapora como una sombra, triste y fracasada, porque simplemente ha sido un inútil espectro fruto de la locura.

De nuestra locura encerrada entre barrotes y veneno.


jueves, 6 de octubre de 2011

LA MEJOR SITUACIÓN

La mejor situación es estar listo y agazapado esperando la oportunidad. Si se presenta hay que saltar, morderla, seducirla y atraparla con descaro, sin dudas ni temblores. Si no se hace visible, pues sigues inmóvil pero tenso y preparado, como una iguana hambrienta en una habitación recién rociada de insecticida. En algún momento el veneno dejará de surtir efecto.

Es posible que pase todo el tiempo de tu vida sin haberte echado ni una miga a la boca, pero habrás muerto dignamente, con la conciencia tranquila al haber hecho todo lo que estaba en tu mano de lagarto.

Antes me movía más que un cangrejo con anfetaminas, pero ahora me acoplo en el río de mi sofá y espero más quieto que mi cuenta corriente hasta que por una extraña suerte pasa por delante de mí la mujer que habita mi casa, y salto como un resorte para agarrarla con mis pinzas y decirle: ¡Hola!, ¿cómo te ha ido el día?. Y vuelvo a mi ataúd de cuatro patas, madera y tela.

La mejor situación es la que tú quieras que sea.

A veces se tarda una vida entera en descubrir la mejor situación.

Si yo creo haberla encontrado siendo más negao que un pespunte sin hilo, ¿qué puede impedir que tú encuentres la situación perfecta?