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viernes, 2 de diciembre de 2011

SUCIO AMOR SUSPENDIDO

Temblando te espero

perdido en un deseo insano

devorado por ascuas ancestrales

aniquilado por mi frágil descomposición.


El tiempo sobrepasa cualquier esfuerzo

segundos con azul latido

cadenas de plata difunta

vapor de agua estancada

lago de putrefacción.


Raro amor maldito

dulce inmolación bajo un olivo estéril

sombra harapienta de fatigado lecho.


Se eleva el deseo por entre mis escombros

haciéndose paso pese a todo.


Tu cuerda lanzada hacia el vacío

extiende mi sucio amor suspendido.

jueves, 24 de noviembre de 2011

CASINO ROYALE

La sala de juego acumulaba más grasa y dejadez que la cocina de un restaurante embargado, fósil de una plenitud caduca.

El jukebox ardía con los éxitos del setenta y dos, más que nada porque desde entonces el gasto en música fue cero.

El bar del casino tiraba de estock, puliéndose las cajas de Ricard y de Vat 69 que, como un ejército dormido, hacían guardia silente en el almacén; polvorín de polvo y grados.

El color del chaleco del croupier apenas se podía adivinar, tanto como su nómina prácticamente inexistente, pero seguía en su puesto. No tenía nada mejor que hacer. Era un romántico melómano.

Del montón de chicas, contratadas por la empresa como gancho, exuberantes y glamurosas de entonces, quedaban cuatro putas y dos madames.

El servicio de señoras, del mejor pavimento marmóreo, servía para ensayar con los dados trucados. Se quedaban tiesos y pegados; uno enseñaba el seis y el otro el uno; siempre. Menos cuando rodaban de veras por la mesa de juego. Y los clientes, más pálidos que un downlight lleno de insectos, hacían muecas al perder cuando tiraban los dados con la muñeca desganada.


Tengo la muñeca abierta, el bolsillo vacío, la piel blanquecina y palomas picoteando el hígado, pero visto lo visto, prefiero refugiarme en el Casino Royale. Soy un romántico melómano.

¡Hagan juego!, mientras los Rolling nos engrasan las orejas.

SIN NECESIDAD DE NADIE

Escampa sin necesidad de amores alrededor.

El sol expulsa rayos desde el centro de su corazón laminado, metálico, de uranio enriquecido. Hubo de romperse para reconstruirse.

Sus ojos encendidos con un fuego arrogante evaporaron la humedad más triste y tozuda.

Por encima del pantalón vaquero de talle bajo asoma un tatuaje hedonista y definido.

La frente limpia y altiva advierte de su poder ante cualquier ataque a su independencia.

El café ahora sabe dulce sin necesidad de azúcar y el agua de la ducha se conforma con acariciar su piel sin mancha. El jabón pide un respetuoso permiso a su paso.

Ha dejado de maquillarse. La belleza no debe ocultarse.

Escampa.

El amor está a su alrededor. Lo coge o no.

No debe nada a nadie. No necesita a nadie.

A ella sí.


jueves, 17 de noviembre de 2011

OJOS HÚMEDOS

El brillo de sus ojos estaba empañado de lluvia platino, el corazón resguardado, seco.

La cazadora vaquera abandonada en un rincón lejano, la tarde hastiada de repetirse, la frente florecida de alfileres.

El tatuaje de la cintura resbalaba por la piel como un manchón de tinta aguada de tanto ocultarse.

Afuera, llovía a cántaros.

Adentro, la humedad pudría lentamente el contento, con perezosos segundos cual complacientes y sabrosas puñaladas.

Cada mañana movía la cucharilla del café obsesivamente, sabiendo que el azúcar de cemento no se disuelve.

También sabía que el jabón más caro no limpia la desdicha, porque cuanto más la deponía más fortalecida brotaba.

No había línea de ojos que soportara un ciclón de lágrimas, dejando sus pómulos condenados al hollín, aislados, negros.

Una temporada completa instalada en la tormenta.

Ella que nunca antes había visto llover.

Los países no necesitan un rescate, ni lo merecen.

Ella sí.