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jueves, 5 de abril de 2012

Nº5



En el colegio era muy mala en conjugación. No paraba de hacerle pellas al presente. El pasado, de tan imperfecto, me resultaba imposible de enunciar.

Solo se me daba bien el futuro. Gracias a él lograba sacar un 5. No sabía que este numero iba a ser mi numero fetiche, mi más fiel compañero.

El pasado no era más que el agujero negro de mi cerebro, un telón rojo acribillado de estrellas. Lo malo es que ahora, el futuro, que siempre concebí como perfecto, se ha vuelto en mi contra, por ser, de por su sí, pura ficción. Se ha ido acumulando en mi agujero negro. Pozo de aguas negras sería la palabra adecuada. Pozo que rebosa, roe mi cabeza y de paso ha teñido las estrellas de un marrón putrefacto.

Como ya he dicho antes solo sabía conjugar el futuro pero además de esto solo lo sabía hacer en primera persona del plural: nosotros.

Un conjunto que siempre concebí como un absoluto. Un nosotros que hubiese querido todo lo que yo anhelaba.

¿Porque no vienes ahora, nosotros de mi infancia? ¿Porque no vienes a darme un beso antes de que me aspire este sueño de boca pastosa? ¿Porque no me raptas del llanto de mi almohada y de la oscuridad que trepa por mis brazos y los llena de hielo? ¿ Porque tardas tanto? Dime.

Me responde un eco, un eco lejano, difuso. El eco de mi gastado yo. Un yo que solo supo reinterpretar mi pasado. Con todo el glamour del futuro perfecto.

Texto de Pepa Ruiz

viernes, 30 de marzo de 2012

VISIÓN DISMINUIDA



Nació en una pequeña localidad de apenas siete mil millones de habitantes.
La canícula intrínseca de la época de su llegada amortiguó el gélido desafecto propio del mundo receptor.
Sus ojos abiertos de golpe en su nuevo entorno se llenaron de colores, formas y salinidad.
Creció preñándose de extrañeza, confusión y ahogo, al tiempo que su visión disminuía. La lentitud del proceso contribuía a hacer del dolor, anonimato.
De joven tuvo catalogados los escenarios, los actores y los argumentos. Hasta que llegó un impreciso momento donde la inflexión se hizo patente como un guión deshaciéndose en la niebla.
Su vista componía contornos informes diluyendo las caras conocidas, haciendo desaparecer hasta la suya en el espejo, haciendo que una sutil penumbra envolviera todo lo conocido en un papel de regalo llamado invisibilidad.
No fue de golpe la pérdida. Ello le quitó dramatismo. Amortiguó la sensación de espanto, de ausencia. 
Se marchó despidiéndose a bulto, agitando los brazos para hacer comprender que su vista disminuida no le impidió despedirse de la totalidad de paisanos inscritos en su pequeño pueblo de apenas siete mil millones.

jueves, 22 de marzo de 2012

BAILAR CUANDO LA PISTA ESTÁ VACÍA

Bien afeitao y ligeramente perfumado salía para llegar el primero a la discoteca del pueblo. Le encantaba el olor a ambientador industrial, no tener que hacer codo en la barra y pedirse un gin-tónic acariciado por los primeros hielos de la noche.

El equipo musical sonaba de maravilla cuando no había gente que hiciera de esponja absorbiendo las notas funky como trozos de magdalena dentro de un vaso de leche.

Sabía que su cuerpo no se dejaba llevar por el ritmo hasta el quinto cubata y la doceava canción pero, ese tierno itinerario tenía la certera placidez de un clímax anunciado.

Esa noche iba a ser mejor de lo que se esperaba. La clientela era tan escasa que la pista no empañaría de vapor los espejos que la rodeaban. Chicas, las justas: dos camareras, dos despistadas y la novia del pinchadiscos.

Comenzaban los acordes del tema revientapistas y él iba a sacar lo más oculto de su repertorio de baile, lo tenía decidido desde que su sangre volaba por su cuerpo como semicorcheas en un pentagrama ebrio.

Siendo amante de la vida nocturna un mundo perfecto le rodeaba: dos chicas para servirle copas, otras dos para entregarle sus amores despistados y una para poner celoso al de la cabina.

Me da cosa romper la magia. Más que nada porque me identifico.

La realidad fuera de su percepción había sido muy distinta.

Pero dejemos que sea feliz bailando mientras la pista siga totalmente vacía.

Puede ser patético, ridículo incluso pero, tanto él como yo somos inofensivos. Los bultos no ocultan navajas.

¿Bailas?



jueves, 8 de marzo de 2012

DE CAMINO A CASA


Huele a madrugada, las últimas luces de un pueblo, dos figuras que se adentran en una carretera estrecha y recta, huele a manos entrelazadas, un silencio poblado de sonidos pequeños, grillos, ramas, hojas, búhos, la cadencia sosegada de los propios pasos, andándose, ladridos que ladran a lo lejos, huele a agosto, a espliego, a sed, recuerdos, huele a asfalto, a cuneta, el brillo majestuoso de un cielo estrellado, cenital, dos cabezas que miran en una misma dirección, huele a verde, a tierra, a negro, huele a beso, a la distancia que separa a ambas cabezas de todo lo demás, huele a reloj de pared dormido en su cama, a paz, a siempre, el dulce hormigueo del amor sin palabras, huele al polvo del camino, el resplandor lejano de un motor que se aproxima, huele a unas décimas de frío, a chaqueta tejana, la felicidad del próximo amanecer, su tristeza, huele a hoy, a manzanilla, trigo, amapola, huele a pino, huele a qué, a máquina, velocidad, risas, vendaval, estrépito, gritos, luz cegadora, mole, huele a miedo, huele a frenos, a rueda que rechina, caucho desollado, el látigo que se dibujará en el asfalto, cuando amanezca, huele a tres segundos más y luego huele a nada, a pasmo, paréntesis, ruidoso silencio, dos corazones que bombean su sangre violentada, huele a flor de piel, huesos, músculos, nervios, dos espaldas reafirmadas en el suelo, el aire que se respira, el infatigable tránsito de las estrellas, su inmovilidad de años luz, su fulgor, una mano tibia que te acompaña, el largo camino de vuelta a casa.


Texto de Pepa Ruiz.