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jueves, 2 de enero de 2014

NUNCA CAMBIAREMOS



Siguiendo la estela del voraz silente quedamos por siempre atrás, ajados por el inútil esfuerzo de intentar alcanzarle, humillados por la patética ambición. Quien avanza por el cielo no tiene competidores a ras de tierra. El deseo por sí solo no se cumple sin un algo de suerte y un todo de oblación. Ultimamente las líneas aéreas no tienen demasiado tráfico, ni demasiado prestigio. Las piernas no se hicieron para volar. Ni la ramplonería para trascender. El licor barato inunda estómagos podridos como la ceguera perpetúa amaneceres. La ardiente calma transita sinuosa por los callejones nocturnos del asesinato. Las mujeres han decidido no parir más monstruos. Los violadores acechan almohadas. Y la medicación se ha suspendido por falta de interés. En cada hogar, frente al televisor, se apilan cadáveres. Los bomberos ya no acuden a las llamadas porque saben que no se trata de incendios sino de incineraciones. Los abrazos son de ahogo, los besos de mordeduras y los amores de traición. Basta seguir la pista para saber que nunca cambiaremos. Para saber que los reyes son despojos aromatizados. Para saber que los líderes son malolientes zombis sin cabeza. Y para saber que el resto somos carne de esclavitud condenada a no cambiar jamás. 

martes, 31 de diciembre de 2013

ENTRADAS QUE SON SALIDAS



Al nacer me hice la picha un lío porque no acertaba a distinguir si salía o entraba; si había que llorar de alegría o reír de aflicción; si con cerrar los ojos podría continuar el sueño o si al abrirlos me daría de bruces contra la pesadilla. Creí que, nada más entrar al mundo, a todo quisqui  le darían un impoluto dorsal de número único para distinguirse en la carrera pero, no. El mío estaba arrugado, viejo y desdibujado. Usado en definitiva. Recuerdo haberme tocado las piernas por si no eran las mías. Confundía fiebres con sudores, alucinaciones con realidades y miserias con logros.      
De tanto devanarme los sesos se me han quedado como finísimas lonchas de incurable jamón barato. 
Nací de un puntapié en la matriz de mi madre. Amilanado de frío quise volver a la cueva tras echar un breve vistazo al periódico del día. Supe al instante que mi venida no aportaría sustanciales mejoras. Había tenido nueve meses para corroborar tal precoz conocimiento. Desde entonces he preferido salir a entrar, cerrar los ojos a abrirlos, dejar de correr y buscar al responsable de la carrera para devolverle el dorsal que nunca le pedí.

martes, 24 de diciembre de 2013

CORAZÓN DE HÉROE. (A Vicen)



Cuando el alma es un colador de desgracias y el sufrimiento una roca púrpura en el corazón, aparecen los héroes para señalar el camino. Cuando la poesía no es suficiente para detener las hordas, solo nos queda escondernos y esperar que los héroes tengan un buen día en la lid. Sería deseable que el desánimo no haga mella en ellos cuando al mirar alrededor se vean solos y traicionados. Aunque, por una cuestión de digno orgullo, los héroes nunca piden ayuda. El resto les buscamos desesperadamente. A la más mínima contrariedad preguntamos al cielo ¿dónde están? Temblorosos esperamos su presencia. El problema es que hay muy pocos para tanta exigencia acumulada, para tanta penuria. El común de los mortales muere sin llegar a conocer a ninguno. Son como piedras, solo que preciosas. Y los que las encuentran pueden darse por afortunados. Y yo soy uno de esos. Desde que la encontré nunca me he vuelto a preguntar ¿dónde estás? 
Es una piedra alta y de pelo rubio con el corazón de héroe. Quien no lo ve es porque la luz que desprende ciega. Pero yo, soy miope. Nunca una discapacidad dio tanta ventaja. Y lo veo tal cual. Es de otro mundo. Tiene la espalda débil, el espíritu noble y los sueños infinitos. Es, simplemente un poeta. Quizá el mejor. 
Y lo quiero compartir.

jueves, 19 de diciembre de 2013

PASADO



En un rincón se amontonan cajas de traslados insuficientes, cerradas con precintos de los que se usan para fijar cables de guitarras en escenarios de conciertos ya celebrados y que nadie recuerda. Guardan libros subrayados temblorosamente, útiles objetos sin apenas uso, papeles arañados con palabras detenidas por una abrupta congelación y gritos silenciados en mortajas de cartón. 
Mirar las cajas es como ver una triste espera; es como sacar un billete de tren sin horario de salida; es como tranquilizarse por saber que tienes el botiquín abastecido. La memoria es un armario empotrao de perchas abandonadas. El recuerdo es un sastre que corta con tozudez el mismo patrón irreal. El pasado está a la espera de volver. 
Las cajas perdidas y febriles siguen latiendo en el rincón asediando al presente intentando por todos los medios dejar el ayer. Luchan por dar sentido a su encierro al conseguir liberarse. 
No han entendido su verdadera función: representar al pasado y, desde esa quietud encarcelada, formar parte del futuro.