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viernes, 4 de marzo de 2011

CORAZONES A PUNTO DE TRASPLANTAR

La continuidad florece aniquilando el egoísmo.

Nuestro planeta no se llama Gaia, se llama Ego. Y es tan grande como el Universo.

Y es tan enorme debido a la suma de diminutos egos que lo pueblan. Su conciencia incendiaria acumula tanta estulticia a lo largo de los siglos que está a punto de explotar como una última mascletá de asco, eso sí con bilis de chulos colores en el cielo encapotado. Bella tormenta podrida como el adiós de un ángel negro al marcharse dejando la tierra quemada. Si mi mal me destruye, repartir enfermedad es mi consuelo. Y llegado a este punto, debo ser sincero y aceptar con cobarde vergüenza que algo de razón tiene el puto ángel caído: Si muero, el mundo se acaba para mí y que le den. Pero hay un resquicio de luz en la pérdida. Puedo darme otra oportunidad donando mi corazón fracasado a alguien que lo necesite, alcanzando así acaso florecer, continuar y curar lo que yo no pude.

SERVICIOS SECRETOS

En las altas esferas se urden complots, maquinaciones ocultas, conspiraciones y, en los tiempos residuales, inventan chistes de agentes secretos.

Nos vigilan en la sombra, el Mosad, la Cía, el Kgb y el Cni.

Hace poco, sin ir más lejos, noté un cosquilleo en la nuca estando sentado en el retrete, signo inequívoco de que algún grupo de presión me espiaba. Silbé con torpe disimulo, haciendo coincidir el agudo sonido labial con el grave estertor intestinal. Y sonreí para mis adentros pensando como despistaría a los servicios de inteligencia en el justo momento de interpretar la grabación. Se lo puse jodido, lo sé. Supongo que el informe fue confuso. A pesar de contar con un software en audio de la hostia, separar el silbido del estertor fue un quebradero de cabeza. No supieron si la cosa venía dura o blanda. Desde entonces, sonreír y cagar es todo uno para mí.

No soy quien para dar consejos, pero sí puedo dar una pequeña sugerencia: Nos hace un poco mejores, actuar cuando estamos solos, pensando que alguien nos vigila. Llámese Mosad, Cía, Kgb, Cni o Dios.

viernes, 25 de febrero de 2011

EN EL RESERVADO


Lo bueno de ser maduro es tener una perspectiva más gruesa y alargada, cosa que no otorga gratuitamente madurez.
La olla de los recuerdos se espesa como el caldo de un cocido puesto al fuego demasiado tiempo, cosa que no mejora el sabor per se. Aunque en contadas ocasiones algún tropezón me hace sonreír, sin negarle por ello su regusto rancio. La imagen del hueso de pollo hervido es esta: Unos sofás de cálido y pegajoso plástico repartidos por la zona oscura de una discoteca de pueblo, dispuestos como un cúmulo de dulces deseos en el escaparate de una pastelería. Se le llamaba RESERVADO con inocencia lujuriosa. Promesas de jóvenes almas en solaz retoce. Esa era una zona. Había otra zona de baile. Y otra de pegarse. Yo era claramente de la de los sofás, aunque siempre terminaba bailando.
El día que conseguí acceder al santuario de los roces fue uno de los mejores. Menuda euforia. Linda comunicación. Me río yo de los facebookes.
De lujo, joder. Pero sin darme cuenta y por causas ajenas a este discurso, me devolvieron a la pista, pero siendo ya perro viejo cambié la pista de baile por la barra, la barra por el poblao y el descontrol por el sofá bendito de mi casa.
Vuelvo al reservado.

KILOS DE AIRE

Guarda en tus cajones de la infancia todos los amores que llegan por el aire para que cuando estés viejo y deshecho te den el último aliento. Las despedidas pueden ser como navajas herrumbrosas o como labios carnosos. No hace falta estudiar empresariales para saber esto. No es necesario dejar pasar la vida, para al final darse cuenta de que se escapó.

Guardar en la cartilla de ahorros los abrazos no entregados es como poseer el martillo de Thor y no haber dado ni un solo golpe cuando Odín te lo arranca al darse cuenta de que estaba en manos equivocadas. Los dioses se despistan muy a menudo. O puede que sea más ridículo todavía guardar el poderoso mazo simplemente para colgar una lámina de esas eróticas encima de tu cama de hielo, a la espera de que alguien llegue y la derrita. Y como solo amaste a tu mano, la imagen quedó sin colgar y la mano sin amor.

Un buen día, un trabajador de la funeraria, buscando los papeles del seguro de decesos abrió el único cajón que tenía el difunto, encontrando simplemente un clavo y un condón, ambos caducados.