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jueves, 20 de octubre de 2011

DE VUELTA


Para volver hace falta haberse ido,uno tiene que estar muerto para nacer.

Sin embargo, para sufrir se necesita cualquier ínfima cosa.

Para correr hacen falta un par de piernas en la imaginación:

La maleta preparada, deshecha tras un viaje lleno de fronteras. Cuños en el pasaporte, arañazos en la piel, detenciones inesperadas.

Si te dejan entrar, es que ya te han echado hace tiempo.

Una suave caricia en enero se puede convertir en una llaga purulenta en diciembre.

La estación está llena de cadáveres abandonados, unos por haber perdido el tren y otros por haber agotado los viajes.

La tormenta nos deja con una promesa: volveré.

La noche muere asaeteada por un incipiente amanecer y se puede leer en sus labios sus últimas palabras: esto no acaba aquí, dame tiempo...

Nunca se aprende lo suficiente aunque estés de vuelta, porque esto no es una raya continua, es un maldito círculo bello y perfecto.

Para saber dónde te encuentras sólo necesitas averiguar dónde están los demás.

De vuelta no está nadie.


CRISTALES ROTOS EN LA ALMOHADA

Había un hombre que siempre se levantaba desvencijado, brumoso, herido de muerte.

Cada mañana su cuerpo tenía resaca de castigo.

Huérfano de alma vagaba como zombi ciertamente falto de humanidad, gastado, expulsado de su propia carne.

Había desarrollado un terrible temor a dejarse vencer por el sueño que nunca había sido reparador.

No entendía su extraña enfermedad, compuesta de cansancio, dolor y pegamento nocturno endurecido.

Cuando entraba a la ducha no caía agua, caía sal sobre una piel cuarteada en toda su extensión. Dicen que lo que pica cura, pero para él sólo era una irónica frase de viejas, cargada de infección.

Buscó remedio en la ciencia, en los mercaderes charlatanes, en la díscola fe, pero sólo encontraba fraude, decepción y burla.

Desesperado dejó la cama vacía y sorprendentemente comenzó a sentirse aliviado.

Se esforzó en estar despierto lo más posible, callejeando.

Un día, quizá el último que podía aguantar, conoció a alguien que se apiadó de él entrando en su vida cotidiana, y al ver su cama desecha de tiempo, se puso manos a la obra, y al cambiar las sábanas encontró cristales en su almohada. Recicló el vidrio y le regaló el primer descanso de su vida.


¿QUIÉN?...YO

Tanto ser diverso (tantos dioses y demonios

éste más ávido que aquél) es un hombre


(tan fácilmente uno se esconde en otro;

y, no obstante, cada uno, siendo todos, no escapa de ninguno)

tumulto tan vasto es el deseo más simple:

tan despiadada mortandad la esperanza

más inocente (tan profundo el espíritu del cuerpo,

tan lúcido eso que la vigilia llama sueño)


tan solitario y tan nunca el hombre solo

su más breve latido dura un año terrestre

sus más largos años el latido de un sol;

su más leve quietud lo lleva hasta la estrella más joven


¿Cómo podría ese tanto que se llama a sí mismo Yo

atreverse a comprender su innumerable Quién?


Texto de Pepa Ruiz

viernes, 14 de octubre de 2011

BARROTES Y VENENO

Caminando furioso por calles emponzoñadas con oxígeno maduro de perpetuas exhalaciones. Con el corazón podrido de veneno. Con las manos preparadas para el engaño, la trampa, el hurto y la degollina. La fila de incautos se incrementa al ritmo del deseo acuciante del mal que camina sobre brasas haciéndolas crujir.

El frío metal del pecho, con costillas como barrotes, oculta un latido tóxico y profundo. Su rastro de azufre impregna cada recoveco, cada gránulo, cada partícula, cada desaparición cruzando el azul extremo.

Un mendigo arrodillado pide monedas para perfeccionar la ruina, vino de brik para disolver los sentidos y una cuchilla oxidada para completar la descomposición. El caminante pasa a su lado sin prestar atención. Sabe que no necesita esforzarse, que sin su intervención todo seguirá el curso debido.

El resto del recorrido es igual de fértil.

Una chica apenas adolescente se asoma al mundo a través de la ventana de un séptimo piso. Un hombre enfermo de odio trama liberarlo, no necesita ayuda, se bastará a sí mismo. Una ambición hecha de carne y hielo se arrastra por el siguiente sórdido callejón buscando despojos.

Una lluvia desatada, inflama de agujas el cielo que al caer precipitadamente se clavan en nuestros corazones derramando veneno en vez de sangre.

El caminante se evapora como una sombra, triste y fracasada, porque simplemente ha sido un inútil espectro fruto de la locura.

De nuestra locura encerrada entre barrotes y veneno.