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jueves, 17 de noviembre de 2011

OJOS HÚMEDOS

El brillo de sus ojos estaba empañado de lluvia platino, el corazón resguardado, seco.

La cazadora vaquera abandonada en un rincón lejano, la tarde hastiada de repetirse, la frente florecida de alfileres.

El tatuaje de la cintura resbalaba por la piel como un manchón de tinta aguada de tanto ocultarse.

Afuera, llovía a cántaros.

Adentro, la humedad pudría lentamente el contento, con perezosos segundos cual complacientes y sabrosas puñaladas.

Cada mañana movía la cucharilla del café obsesivamente, sabiendo que el azúcar de cemento no se disuelve.

También sabía que el jabón más caro no limpia la desdicha, porque cuanto más la deponía más fortalecida brotaba.

No había línea de ojos que soportara un ciclón de lágrimas, dejando sus pómulos condenados al hollín, aislados, negros.

Una temporada completa instalada en la tormenta.

Ella que nunca antes había visto llover.

Los países no necesitan un rescate, ni lo merecen.

Ella sí.

jueves, 10 de noviembre de 2011

¡AL SUELO!

Mi abogado me aconsejó dejarme caer si tu sombra me empujaba un día de sol.

El vendedor de camisetas me conminó a elegir la que tenía una diana impresa para cuando tus pezones me apuntaran.

La Seguridad Social rescindió mi cartilla por si se me ocurría enfermar de amor por ti, ya que mi historial resbalaba por esa pendiente, y el Estado no está para caprichos.

En la última entrevista de trabajo no me cogieron porque la empresa no acepta más de diez bajas al año y mi cuello atragantado por tu corazón delataba una insania de baja eterna.

El panadero no me atiende, dice que contigo tengo pan de sobra.

Dios no escucha mis plegarias, tampoco se explica. Intuyo que no desea malgastar sus fuerzas con almas perdidas. O quizá no soporta estar por debajo de nadie.

Satanás en cambio me sugiere que me tire al suelo si tu aroma me empuja. El muy cabrón sabe que de allí no pasaré. Su infierno tampoco está a mi alcance, disimula haciéndose el compasivo, pero tiene el orgullo tan gordo como el de su ex-jefe.

Si sonríes, me tiras al suelo.

Si bailas, me tiro al suelo.

Si te acercas, te tiro al suelo conmigo.

Un, dos, tres...¡Al suelo!

MUELLES EN EL ALMA

Cuando tienes todo perdido crecen muelles en el alma. Cuando el pozo se muestra como un acantilado carente de final, el vértigo se transforma en globos aerostáticos capaces de levantar a un muerto.

A veces el suelo desaparece bajo los pies y la gravedad hace el resto. El infierno, como un aspirador de máxima potencia y sin bolsa, reclama lo que es suyo. El miedo se muestra a través de un sudor instantáneo. La negación aflora como un virus purulento. La lucha se pierde con exacta totalidad... Y sin saber porqué surge una nueva oportunidad. Desde lo más profundo de la entrega reluce un nuevo comienzo. Inesperado, magnífico.

Esta es mi historia, tan vulgar como la de cualquiera.

Reconozco que hay un componente de azar, de favorable azar, inexplicable.

Cometeré idénticos errores, pero nadie me quitará la dulce experiencia de haber desarrollado muelles en el alma cuando tuve todo perdido, gracias al encuentro de una pequeña voz que me dijo: "empieza de nuevo".

Tocaos la planta de los pies cuando todo se derrumbe. Notaréis unas durezas que no serán callos, serán muelles a punto de nacer.


viernes, 4 de noviembre de 2011

MALETAS PERDIDAS

Por el camino dejamos fracasos, pellejos y llanto.

Historias imposibles, vagos recuerdos y despedidas de ácido aliento.

La maleta siempre preparada para un adiós, sobre todo cuando llega un nuevo hola.

Un pijama plegado, un cepillo de dientes sin estrenar, una carta sin abrir, dos pares de calcetines con la goma insuficiente para besar la rodilla, el mejor abrigo para la próxima nevada y un botellín de licor mal destilado para el consuelo.

Conozco las caras de todos, aunque sea de vista, en este andén plagado de viajeros aferrados a sus maletas de idéntico contenido. No nos saludamos porque nadie se enorgullece de no tener billete, de ir hacia ningún lugar, de sonreír con profunda tristeza, de vivir moribundos, de tener idéntica la maleta, idéntica el alma.

Hemos perdido las maletas antes de prepararlas como quien juega al solitario sin cartas, como quien da su palabra sin tenerla.

Es macabro, cruel y morboso deshacer la maleta cuando está vacía.

Para poder continuar necesitamos poner una reclamación por la pérdida de maletas para justificar la derrota que impone la inamovilidad, la torpeza o el cansancio.

Agotados de nosotros mismos, nos marchamos dejando un rastro impreciso de vinagre, ausencia y llanto.