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jueves, 7 de febrero de 2013

VOLUNTAD DESPOSEÍDA


Hallada la infamia, se evapora la ternura al instante. 
Envejecemos ariscos y despechados, con grumos. 
En la sala del tanatorio miramos a través del cristal lo que seremos: guarnición para flores. 
Lo que se da siempre acaba quitándose. No se detiene el tiempo tirando el reloj de pulsera a un vertedero, tan solo es un gesto que nos indica la dirección que tomaremos.   
La vida tiene un contenido dudoso, la muerte, no. Ojalá sea una apreciación errónea. En un mundo en llamas no hay sistemas de extinción de incendios. En un juego sin reglas no hay jugadores honestos. 
La plaza se ha llenado de predicadores  y el murmullo, incontrolable y voraz, crecerá como la maleza. 
Las sombras brillarán más que la luz. 
La tormenta, a su paso, no dejará cosechas. 
Los sueños tendrán sus días contados. 
Y la aviesa intención despojará de voluntad a las palabras.

viernes, 1 de febrero de 2013

VIVIR EN EL PASADO



Múltiples historias de aparecidos llenan periódicos sensacionalistas, trasnochadores programas de radio y revistas especializadas en ciencias ocultas. Nadie las cree hasta que, un buen día, por diferentes causas, nos tornamos sensacionalistas, trasnochadores y ocultos. Entonces, el atontamiento canaliza sobre cogedores contactos más allá de la razón. La locura produce religiones, mitos y fantasmas. Le llaman estabilidad necesaria. 
Hay múltiples historias de aparecidos pero yo contaré una verídica: Era un lunes rasposo. Volvíamos a casa por una carretera secundaria tras un viernes extenso. Teníamos los cuerpos de arena, el alpiste agotado, las miradas perdidas y aun así saboreábamos felicidad con timidez. 
Llegamos a una curva cerrada. Aflojamos la marcha. Y antes de volver al ritmo sensato, apareció una chica haciendo auto-stop. Había sitio en el coche y la recogimos. Olía bien. Estaba pálidamente maquillada. No hablaba mucho. A nuestras múltiples preguntas nerviosas contestó con sequedad: "no me habéis recogido, soy yo quien os recojo". 
Desde aquel día vivimos en el pasado. 
Hemos dejado de ser noticia. 

jueves, 24 de enero de 2013

LA TIERRA ES PLANA



Tener la mente chata es ventajoso. Ofrece un campo receptor de altitudes. 
Se están reclutando un ejército de cabezas planas para llevar a cabo la revolución.
Unificar almas huecas bajo un único pensamiento facilita la empresa. Ahora es el tiempo, ahora es la ocasión. En la planicie transita la dejadez que habrá de aprovecharse. Se armonizarán intenciones haciendo del coro una sola garganta. 
Se dan las circunstancias para que germine un producto homogéneo carente de voluntad. Lloverá sobre mojado y la sequía hará el resto.   
La vida es una mecedora plagada de vaivenes. Pero el resquicio aparece en forma de detención. Y entonces le llega la oportunidad al mediocre. Y se viste con las ropas de dirigente seductor con la voz aflautada para indicar el único camino a seguir. A falta de pan, buenas son las tortas. 
Resulta inútil la resistencia ante la fascinación de la promesa de un mundo nuevo lleno de cumbres aquí donde la tierra es plana. 
Somos débiles. Somos chatos.

jueves, 17 de enero de 2013

SINTIENDO EL DAÑO GLOBAL SOBRE MÍ



Este peso no es humano. Me inutiliza y enloquece como una medicación desorbitada. Dejé de distinguir hace tiempo mis propios dolores de los ajenos, aun cuando los míos son gigantescos y los de los demás son del tamaño de bacterias. Y, ¡mierda!, los noto. Algo me dice que mi tristeza no es pura. Tiene moléculas extrañas, no se dónde, pero están. ¿Acaso no tengo bastante con lo mío?
Lamento cualquier daño global pero, ¿alguien se aflige por el mío?
En cualquier lugar, en cualquier instante, un ser sufre iniquidad, humillación y abuso. El daño hace estragos sin distinguir méritos ni currículo.
No quiero decir que mi parte no me la haya ganado, pero siento cínicos regalos y claro, no puedo con todo. Así no hay quien se concentre en gestionar su propio calvario.
Siento el daño global sobre mí. No es mucho, la verdad, pero es algo. Suficiente para quedar atenazado con su disperso aroma, para convertirme en un inválido por culpa de un ligero esguince.
Este peso no es del todo mío. La báscula marca una obesidad mórbida más allá de mi propia amargura. Miligramos invisibles de pena se acoplan como un viento fantasmagórico en la balanza electrónica cuando me subo en ella.
Seguro que está trucada. Mañana la empeño y me dejo de angustias.