Un solitario caminante discurre por la ciudad fermentada. Está tan oscuro que sería una obviedad hacer inquisitivas preguntas sobre la crisis de luz siendo tan real la noche como el apagón. Apenas se distingue su figura contrahecha más allá de un postrer suspiro en la planta de un hospital para cadáveres sin derecho a un último telediario. El poroso caminante tiene la dirección tan resoluta como esquiva. De sus sarmentosas manos cuelgan bolsas de plástico enmudecido. Va con prisas, va con lentitud, aleatoriamente. Lleva las bolsas de un sitio para otro sin que en su rastro se adivine si le esperan o le buscan. En el dudoso contenido aguardan a partes iguales respuestas y preguntas. Se ha parado en una esquina con la intención de encender un cigarro suelto para dar cuenta de él, si sus pulmones le hacen sitio en el atasco. Se oye una tos abandonada en medio del silencioso enjambre. Hace un frío demoledor. Se detiene para tomar su medicina y un oleaje ya gastado le recuerda a duras penas el calor que deben tener los vivos. Mas cuando el viaje parece tocar a su fin, sus ojos con alfileres supuran bolitas de sangre coagulada como mercurio extendido, dejándole tirado en la calle huérfano de conciencia junto a unas bolsas de plástico vacías.
viernes, 1 de febrero de 2013
VIVIR EN EL PASADO
Múltiples historias de aparecidos llenan periódicos sensacionalistas, trasnochadores programas de radio y revistas especializadas en ciencias ocultas. Nadie las cree hasta que, un buen día, por diferentes causas, nos tornamos sensacionalistas, trasnochadores y ocultos. Entonces, el atontamiento canaliza sobrecogedores contactos más allá de la razón. La locura produce religiones, mitos y fantasmas. Le llaman estabilidad necesaria.
Hay múltiples historias de aparecidos pero yo contaré una verídica: Era un lunes rasposo. Volvíamos a casa por una carretera secundaria tras un viernes extenso. Teníamos los cuerpos de arena, el alpiste agotado, las miradas perdidas y aun así saboreábamos felicidad con timidez.
Llegamos a una curva cerrada. Aflojamos la marcha. Y antes de volver al ritmo sensato, apareció una chica haciendo auto-stop. Había sitio en el coche y la recogimos. Olía bien. Estaba pálidamente maquillada. No hablaba mucho. A nuestras múltiples preguntas nerviosas contestó con sequedad: "no me habéis recogido, soy yo quien os recojo".
Desde aquel día vivimos en el pasado.
Hemos dejado de ser noticia.
jueves, 24 de enero de 2013
LA TIERRA ES PLANA
Tener la mente chata es ventajoso. Ofrece un campo receptor de altitudes.
Se está reclutando un ejército de cabezas planas para llevar a cabo la revolución.
Unificar almas huecas bajo un único pensamiento facilita la empresa. Ahora es el tiempo, ahora es la ocasión. En la planicie transita la dejadez que habrá de aprovecharse. Se armonizarán intenciones haciendo del coro una sola garganta.
Se dan las circunstancias para que germine un producto homogéneo carente de voluntad. Lloverá sobre mojado y la sequía hará el resto.
La vida es una mecedora plagada de vaivenes. Pero el resquicio aparece en forma de detención. Y entonces le llega la oportunidad al mediocre. Y se viste con las ropas de dirigente seductor con la voz aflautada para indicar el único camino a seguir. A falta de pan, buenas son las tortas.
Resulta inútil la resistencia ante la fascinación de la promesa de un mundo nuevo lleno de cumbres aquí donde la tierra es plana.
Somos débiles. Somos chatos.
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