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jueves, 13 de junio de 2013

SUSURROS EN LA CIUDAD (Dedicado a Gonso)



Habiendo recorrido los puntos muertos en todos los callejones, queda indecisión, locura y hambre.
Juntos barrimos la suciedad de las altas horas en decadentes bares, en amaneceres consternados, en trayectos agotados.
La amistad se robusteció cuando peores fueron los escenarios, cuando el asfalto fue cielo y la atmósfera petróleo.
A veces un recuerdo contundente es capaz de sustituir a la presencia y el poso puede ser agridulce por su falta de proyección pero, lo que queda es inamovible, alegre y poderoso.
Juntos saltamos la hoguera sin quemarnos porque ya éramos ceniza.
Para la ciudad, cruzarla fue un rumor clandestino, para nosotros, un dulce susurro.
La estrategia de unir soledades se convirtió en ventaja, en ricos dividendos, en ligera confianza. Sobre todo cuando los atolladeros campaban a sus anchas.
Habiendo traspasado infiernos, habiendo permanecido en la enfermedad, habiendo oscilado en la punta de una rama al borde del precipicio, nos ofrecimos franco inconsciente apoyo.
Si la ciudad ya no nos ve, al menos nos ha visto.
Queda en esta melancólica amistad, agradecimiento y respeto que se esparce por la ciudad como un susurro.  

jueves, 6 de junio de 2013

ESCONDIÉNDOSE



Ante un mundo extraño y feroz prefería poner a buen recaudo sueños y recuerdos. Se escondía por entre los pliegues de su piel debido a su timidez acumulada. Su propio nombre debía de andar perdido por entre su rugosa dermis como una suposición en un axioma. A punto de agotarse el futuro, su pasado pendía de un hilo. Para todos tenía una sonrisa que ofrecer en perfecto equilibrio entre la demencia y la bondad. Fotografías no detienen temporadas. 
Tenía sus ahorros depositados en una caja de música con la melodía a un alto interés. Tenía el candado sin llave, la estufa sin gas y la luz sin sombra. 
Todos le llamaban por otro nombre, menos por el suyo. Lo había escondido a conciencia por entre los pliegues de su pellejo, huérfano ya de carne. El juego del escondite lo empezó en la cuna. Y a la muerte le costaba acabarlo al buscarla por un nombre que no era el suyo. La vejez nunca ha sido el mejor escondite, ni el olvido la mejor copia de seguridad. 
Jamás se reconoció en fotos de primer plano. De hecho, la imagen de su carnet de identidad era un escenario sin figura, un helado mucho tiempo atrás derretido, una nota donde ponía con caligráfico temblor: Vuelvo en setenta años. 
Murió escondida en el anonimato. De hecho, su esquela fue publicada en el Boletín Oficial del Estado entre incomprensibles leyes, tan mundanas como feroces. Quedó en soledad, en paz y a salvo, con un nombre que nunca fue el suyo.

jueves, 30 de mayo de 2013

EL MULO EN EL BAR



A las ocho en punto se encontraba a diario Jorge "el mulo" en el bar tras el trabajo, con la espalda tatuada en sudor, los nudillos a muescas y los ojos al borde del incendio. Saludaba con un inquietante gruñido, igual que el ruido de fondo de un potente amplificador al encenderse, dejando claro que algo iba a ocurrir. Del mismo modo podía romperte las costillas con un golpe o con un abrazo. Un hombre de excedido formato produce acciones desmedidas con naturalidad. 
A las nueve menos diez ya habían labios partidos en el callejón. Pero solo de los que pertenecían a boca-viles. Jorge era un lápiz corrector; un látigo para infames; un vengador de los débiles; un bruto con el corazón aterciopelado; una roca necesaria en el jardín. 
A las once iba al wáter como se dirige un camión articulado de camino al muelle de descarga. A su vuelta se le oía rumiar entre dientes lo mucho que le gustaba pegarse un baile de vez en cuando y yo imaginaba un transatlántico en plena tormenta. Hacíamos buena pareja: Jorge "el mulo" y Finico "el na de na".
A las doce, el camarero cerraba el bar con nosotros dentro. Y entonces disfrutábamos de la facilidad de palabra de Jorge "el mulo". Una vez le contamos hasta tres. Agotábamos el barril de cerveza y nos despedíamos de Jorge con alegre camaradería, pero sin abrazos.

jueves, 23 de mayo de 2013

CASI TREINTA AÑOS NO SON NADA



Al albur de la infamia quedó anclado lo que fue nuestro futuro. Nos vendieron que nos pertenecía casi sin poder disimular su descojono con tamaño embolao. Total, cuando nos diéramos cuenta, unos estarían en las entradas de los diccionarios y otros criando malvas. Y no necesariamente en ese orden. No me veo escupiendo libros y sepulturas a diestro y siniestro. 
La ventaja de haber sido cándido y piadoso es que con prontitud te crecen las dudas y los recelos como los pelos en las pelotas. La ventaja de tenerlos ahora blancos es que sirven de aviso para las nuevas hornadas. 
La actualidad es un yogur a punto de caducar pero con el tiempo adecuado volverá a estar dispuesto para una nueva fermentación. Pongamos treinta años y todo volverá como si jamás se hubiera ido. Parece que no haya pasado apenas nada tras un reguero de almas rotas, castigadas y lo que es peor: vencidas.   
El mundo conocido padece una ciclotimia rampante y no puede pagarse la medicación.
Tarde o temprano se vuelve al principio. Lo afirmo desde la humildad de mi inservible vejez. Enjuto y malgastao os digo, por si le sirve a alguien tan confuso y perdido como yo, que casi treinta años no son nada.