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viernes, 5 de julio de 2013

LA LEY INGRATA I



Dulce tarta de caos preparada para hornear mientras llegas. Los ingredientes salieron de mi ansiedad desperdigada por las lejas del frigorífico de mi pecho. 
El reloj de la cocina marca eternidades. La luz mortecina del atardecer asomando por la cristalera me presta un delantal burlón, inútil para esquivar salpicaduras de ausencia.
El horno precalentado acabará en llamas si no apareces. La tarta se secará con rachas ingratas de viento venidas del patio de luces.
Intento poner orden en el cajón de los cubiertos y descubro una guadaña que el demonio olvidó cuando le invité aquel otoño antes de conocerte.
La fiera vuelve cuando no estás. La pared recién pintada me recuerda la ruina que fui. Piedras amontonadas sin sentido hasta que tu mirada las hicieron muro. 
Cae una lluvia fina sobre la calle por donde vendrás, dando al asfalto un brillo de aceite como con brocha.
Una canción de tu gusto suena a lo lejos para adornar mi tortura.
Y yo miro la rancia dulce tarta de caos estampada en el cubo de basura.
Enfurecido busco la guadaña.
Un alegre timbre hambriento llega y retumba.

viernes, 28 de junio de 2013

HUYENDO CIRCULARMENTE



Quiero escapar de mis zarpas de terciopelo retráctil, de mi discurso perecedero y de mi fronteriza piel. 
Entre el fondo y la superficie se desliza un desasosegado ser aburrido como la nadería, insomne cual guardián a tiempo completo. 
Odio la valla sin portezuela que es mi cráneo y la fuente de piedra que es mi cerebro. Quiero huir de los clichés que imponen mi asustadiza voluntad. 
Estoy preparando un plan de fuga atiborrado de sencillez en el que la mayor dificultad radica en llevarlo con la suficiente discreción, teniendo en cuenta mi limitada capacidad para el autoengaño. Con suerte conseguiré despistarme. Cuando creo alcanzar tamaña insensatez, la realidad me devuelve al sitio desde donde partí con la triste sensación de haber recorrido una rotonda. 
Me gustaría verme como un extraño con quien nada en común tiene, para justificar el desprecio. Mas cuanto más me abandono, más me encuentro.
Aceptar que no hay escapatoria lleva toda una vida. 
Y probablemente yo necesite un número mayor de vueltas a la rotonda para comprenderlo. 
Pero todo aquel que huye circularmente ni avanza, ni comprende. 

jueves, 20 de junio de 2013

SÍNDROME DE LA PISTA VACÍA



No quedan abrigos en la guardarropía, ni gente en la pista de baile y apenas quedas tú. Los altavoces se han quedado mudos pero insistes en bailar por pura inercia y aún así no llevas el compás. Acabas tropezando, extendiéndote por el suelo con espasmódicos movimientos y piensas lo fácil que resulta el break-dance. Te ves bien, a pesar de que se te olvidó ponerte las lentillas. No notas los esguinces de tanto alcohol acumulado en los tobillos. Mañana, los hinchazones te parecerán calienta-piernas de color púrpura. El recoge-vasos te ignora hasta que los reúna todos. El empresario te ignora hasta que haga la zeta. El portero te ignora hasta que le paguen y quien cobre seas tú. Las luces se apagan mientras crees que, con los pilotos de seguridad, tu móvil silueta es más atractiva. 
Al día siguiente habrás perdido el gabán, la figura y el atractivo. 
Te gusta ocupar pistas vacías, triunfar en concursos grotescos, llevar el ridículo a la enésima potencia, dilapidar dignidades. ¡Dios, cómo te comprendo! ¡Cómo me identifico!. Menos en una cosa: yo bailo peor y más solo que tú. 
Es bueno tener competidores: obliga a esforzarse.

jueves, 13 de junio de 2013

SUSURROS EN LA CIUDAD (Dedicado a Gonso)



Habiendo recorrido los puntos muertos en todos los callejones, queda indecisión, locura y hambre.
Juntos barrimos la suciedad de las altas horas en decadentes bares, en amaneceres consternados, en trayectos agotados.
La amistad se robusteció cuando peores fueron los escenarios, cuando el asfalto fue cielo y la atmósfera petróleo.
A veces un recuerdo contundente es capaz de sustituir a la presencia y el poso puede ser agridulce por su falta de proyección pero, lo que queda es inamovible, alegre y poderoso.
Juntos saltamos la hoguera sin quemarnos porque ya éramos ceniza.
Para la ciudad, cruzarla fue un rumor clandestino, para nosotros, un dulce susurro.
La estrategia de unir soledades se convirtió en ventaja, en ricos dividendos, en ligera confianza. Sobre todo cuando los atolladeros campaban a sus anchas.
Habiendo traspasado infiernos, habiendo permanecido en la enfermedad, habiendo oscilado en la punta de una rama al borde del precipicio, nos ofrecimos franco inconsciente apoyo.
Si la ciudad ya no nos ve, al menos nos ha visto.
Queda en esta melancólica amistad, agradecimiento y respeto que se esparce por la ciudad como un susurro.