jueves, 20 de junio de 2013
SÍNDROME DE LA PISTA VACÍA
No quedan abrigos en la guardarropía, ni gente en la pista de baile y apenas quedas tú. Los altavoces se han quedado mudos pero insistes en bailar por pura inercia y aun así no llevas el compás. Acabas tropezando, extendiéndote por el suelo con espasmódicos movimientos y piensas lo fácil que resulta el break-dance. Te ves bien, a pesar de que se te olvidó ponerte las lentillas. No notas los esguinces de tanto alcohol acumulado en los tobillos. Mañana, las hinchazones te parecerán calienta-piernas de color púrpura. El recoge-vasos te ignora hasta que los reúna todos. El empresario te ignora hasta que haga la zeta. El portero te ignora hasta que le paguen y quien cobre seas tú. Las luces se apagan mientras crees que, con los pilotos de seguridad, tu móvil silueta es más atractiva.
Al día siguiente habrás perdido el gabán, la figura y el atractivo.
Te gusta ocupar pistas vacías, triunfar en concursos grotescos, llevar el ridículo a la enésima potencia, dilapidar dignidades. ¡Dios, cómo te comprendo! ¡Cómo me identifico! Menos en una cosa: yo bailo peor y más solo que tú.
Es bueno tener competidores: obliga a esforzarse.
jueves, 13 de junio de 2013
SUSURROS EN LA CIUDAD (Dedicado a Gonso)
Habiendo recorrido los puntos muertos en todos los callejones, queda indecisión, locura y hambre.
Juntos barrimos la suciedad de las altas horas en decadentes bares, en amaneceres consternados, en trayectos agotados.
La amistad se robusteció cuando peores fueron los escenarios, cuando el asfalto fue cielo y la atmósfera petróleo.
A veces un recuerdo contundente es capaz de sustituir a la presencia y el poso puede ser agridulce por su falta de proyección, pero lo que queda es inamovible, alegre y poderoso.
Juntos saltamos la hoguera sin quemarnos porque ya éramos ceniza.
Para la ciudad, cruzarla fue un rumor clandestino. Para nosotros, un dulce susurro.
La estrategia de unir soledades se convirtió en ventaja, en ricos dividendos, en ligera confianza. Sobre todo cuando los atolladeros campaban a sus anchas.
Habiendo traspasado infiernos, habiendo permanecido en la enfermedad, habiendo oscilado en la punta de una rama al borde del precipicio, nos ofrecimos franco inconsciente apoyo.
Si la ciudad ya no nos ve, al menos nos ha visto.
Queda en esta melancólica amistad agradecimiento y respeto que se esparce por la ciudad como un susurro.
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