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jueves, 19 de septiembre de 2013

SILENCIO FORZADO



Extremos que pisan la media. Medianías que se hacen llamar transgresores. Gritos de mudos. Panacea de sordos. En una posición alejada solo se puede confiar en el eco. Las paredes rodean con sus ladrillos carne. Mendigos solitarios ayunan en oquedades de piedra para no romper el silencio. Más allá de la comprensión está el murmullo de babel. En la soledad se acumulan las respuestas. Aquel que se retira vertiginosamente no desea preguntas. El silencio forzado es un búnker de almas vencidas. El silencio elegido es una transitoria pensión de carretera en un viaje sin destino para seres en libertad. La fatiga, simplemente cansa. La cobardía, derrota. 
Callar cuando se debe gritar fortalece a los sórdidos infames. Callar cuando quieren que grites los debilita. Somos extremos que nos pisamos la media. Somos medianía de vanguardia. Gritos de mudos. Pan para nuestra propia sordera. Dentro nuestro convive el conocido y el extraño; el pobre y el hacendado; el astuto y el necio; el altruista y el ególatra; el depresivo y el eufórico; la víctima y el verdugo; el amable y el antisocial; el libre y el esclavo; el parlanchín y el sordo. Pero por una rara enfermedad solo aceptamos como nuestro lo que nos ilumina, para expulsar con odio hacia los demás lo que nos oscurece. Y de tanto gritar aberrantes axiomas, ya no decimos nada. 

jueves, 12 de septiembre de 2013

NO ESTOY SEGURO



Un chorro de agua fresca cae por el tobogán del esófago antes de acabar la noche babeando en el colchón. Un cálido sueño estimula los cuerpos cavernosos. Mañana el amanecer esperará a que yo despierte. El vigor juvenil en mis células parece no haberse desvanecido nunca. Los ojos están tan limpios que reciben la luz como por vez primera. El café está recién hecho y no por mí. Las tostadas tienen el brillo perfecto por un aceite que tampoco yo rocié. La canción que suena en la radio es de las que alegran y pacifican hasta a los espíritus más soliviantados. Incluso la ropa elegida para salir me favorece. Voy por la calle con paso vacilón al borde de gustarme. Pero, tras un rato de dulce flote, no estoy seguro de que la realidad comulgue con mi sensación de bienestar. De hecho tanta felicidad me resulta inquietante, extraña e increíble en su totalidad. Un momento de placer no hace olvidar una vida de asco, llena de desatinos, incertidumbres y torpezas. Uno se acostumbra a su propio mezquino vivir, a su total falta de nobleza, a su incapacidad para manejarse dignamente, a su apatía ante la degradación o a su pestilente victimismo con lo que todo se justifica. De hecho, tanto malestar me crea dudas. No estoy seguro cuando me siento mal. Ni cuando me siento bien.    

jueves, 5 de septiembre de 2013

SIN MEDICAMENTOS



Cuando la salud acaba empieza la enfermedad. Cuando los grados se vienen arriba la fiebre luce en la piel como un letrero encendido clamando atención. En ocasiones el médico no está y sin receta no hay medicamentos. Cuando se cruza el protector túnel de la felicidad llega abruptamente la intemperie y con ella la indefensión. El dolor suele vencer a golpes de sustos aunque se muestra inútil contra la medicación o la insensibilidad y no hay nada peor que sentirse innecesario. Tras una eufórica fiesta todos parecen tristes, menos los que no lo parecieron antes. Un corazón roto cicatriza más velozmente cuando más rupturas sufrió. En un hospital se hacinan pacientes sin medicamentos, enfermeras sin bata y doctores interviniendo sin instrumental. El servicio de ambulancias se hace a pie y el personal sanitario pide perdón a los enfermos en camilla durante el trayecto porque es lo único que hay en el botiquín de primeros auxilios. Los pacientes más comprensivos no se mueren hasta que no llegan al hospital, unos por solidarizarse con el gremio y otros simplemente por pura educación. Por ello mismo, cuando se pierde la salud de cuerpo o de alma, no se debe olvidar a quienes jamás la tuvieron. Nadie puede evitar la desgracia o la enfermedad, pero todos podemos, a falta de medicamentos, llenar los botiquines de perdón y consuelo.

viernes, 30 de agosto de 2013

MAR NEGRO EN LLAMAS



"Se traspasa crematorio por no poderlo atender.
Se asegura clientela de paso en su totalidad".
Tras leer un anuncio tan en consonancia con su estado vital, llamó, no por coger el negocio, sino por ser el último cliente romántico antes de que una multinacional deshumanizara aquel mar negro en llamas con fríos intereses lucrativos. 
Pensar en ser el último incinerado a la vieja usanza le proporcionaba una placentera serenidad. Apaciguaba inexplicablemente su tormento. En ocasiones, la pócima más venenosa es la medicina más correcta. Si siempre has vivido en un mar oscuro, únicamente las llamas te obsequian luz. 
Soñaba con ser brasas exentas de rencor; con ser cenizas de fuego pacificado; con ser volátil e inofensivo humo blanco elevándose. 
Tras volver a su realidad tan en consonancia con sus hábitos, llamó con inusitada expectativa. Le contestó una voz impersonal diciéndole que marcara el uno si quería una cremación sencilla, el dos si prefería una incineración más pomposa y el tres si quería que sus restos formaran parte de un increíble espectáculo de fuegos artificiales. 
Decepcionado, puso un anuncio en el periódico:
"Se traspasa cuerpo por no poderlo incinerar dignamente".