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jueves, 21 de noviembre de 2013

TAN SENCILLO Y TAN COMPLICADO



Con un imán del tamaño del sol se encuentra un alfiler enterrado en la arena de cualquier playa. Con un alfiler se explotan globos tan enormes como la luna. 
Una mirada de comprensión es una manta de suave y cálido tacto para cubrir cualquier alma a la intemperie. Un ser guarecido mantiene más fácilmente alejada su propia inquina. 
El deseo busca saciarse. Si se intenta a cualquier precio, aparece el comportamiento de los vasos comunicantes y la dicha se vacía como la apetencia se llena. Aquí la forma sí importa. 
Un error al enamorarse no es error. Un acierto al enamorarse sí es acierto.
Sentirse parte de algo, te incluye en el todo. Sentirse el todo, de algo te excluye.
Con capacidad de sacrificio se consigue dormir y soñar. Sin capacidad de sacrificio se duerme porque se tiene sueño.
Querer a alguien es sencillo. Que te quieran, no tanto.
Con el viento a favor se puede llegar a buen puerto. Con el viento en contra, también. Tan sencillo como querer llegar. Y tan complicado.
  

viernes, 8 de noviembre de 2013

PELUQUERÍA SECRETA



Dicen en la peluquería secreta que estamos calvos de tanto desmelenarnos, que hemos gastado más en laca que en yogures y más en mechas que en fideos. Nos han convencido de que para tener buena imagen es obligatorio no comer ya que la felicidad está en el espejo y no en la nevera. Nos han dicho que el sentido común es un cuento para bobos, que el que no se endeuda no participa y que sin gastar no se crece. El ruido de las monedas nos ha dejado sordos, pero seguimos bailando al son de la locura en una enorme party de la que nunca hemos formado parte. Los peluqueros en la sombra son los que han marcado nuestro estilismo haciéndonos creer que bajo cada personal corte de pelo hay un cerebro que decide. Han conseguido que pensemos que a la salida de la pelu está esperándonos una verbena interminable. Pero, cuando menos te lo esperas, la fiesta llega a su término y alguien tiene que pagarla. Por alguna razón incomprensible, las peluquerías se han reconvertido en sombrererías. Los que nos han dejado calvos ahora nos quieren vender sombreros. 
La ventaja de haber vivido siempre en crisis es que nunca se te pasó por la cabeza entrar en una peluquería. Y la ventaja de no necesitar ir a la moda es que el cerebro, con calvicie o sin ella, está fuera del alcance de cualquier control remoto.
Dicen los sombrereros que la gente honesta es la menos atractiva, quizá porque en un mundo repleto de paleta integridad no venderían un carajo. 
Dicen que mañana habrá una fiesta de las que no se olvidan. Me voy a por laca que no me queda.

jueves, 7 de noviembre de 2013

TAN LEJOS, TAN CERCA



Desde que Lou ya ni me habla, ni me mira, puedo decir que han saltado todas las alarmas. Ha llegado la hora de la acción envuelta en luto, de la liberación enfermiza, del vértigo ante la orfandad, del pánico ante el cronómetro en marcha mordiendo el fin. No sé si es peor la losa de su presencia o la de su ausencia. He llegado a pensar que en la salvación del frágil chico atontado que fui, el rockero de Brooklyn incorporó subrepticiamente la condena. Y ahora que ha muerto, me deja de golpe en mitad de la escena sin tiempo para excusarme por la inacción, sin tiempo para lamentar la pérdida tan suya como mía, sin tiempo para volar totalmente solo. 
Podía ocultarme cuando él estaba, podía sonreír cuando tenía tiempo para no hacer nada, de todos modos ¿para qué esforzarme en crear copias del original?
Lou se ha ido como se fue mi juventud, como se va mi tiempo. Volveré a coger la guitarra sin que su cínica mirada de sapo me haga sentir insecto. Volveré a guardarla en cuanto un acorde distorsionado haga en mi herida infección. Lo cierto es que no hay tiempo para la cura. Se está haciendo tarde para todo, menos para volver a escuchar sus canciones, estoy más en ellas que en el espejo y si hay música que termina evaporándose es porque sin duda llegó a hervir.  

jueves, 31 de octubre de 2013

LA ÚLTIMA CUESTA



Cada primero de noviembre subíamos la última cuesta tras la cual asomaba el cementerio acompañados de un frío pelón que coloreaba los mofletes. En las manos llevábamos paños y flores para limpiar y decorar las tumbas. El circuito se ampliaba con el tiempo. También nos permitíamos curiosear por ajenas biografías, imaginando cómo fueron, inspirándonos en una foto, en un nombre.
En esas fechas los camposantos son para reunirse y celebrar el paso por la vida de quienes la agotaron. No todo lo cercano a la tragedia lo es. De hecho las tragedias solo pertenecen a los vivos. Todo muerto deja sus pasiones a un lado. La tierra y la losa apacigua al más pintado. 
La calma de la necrópolis nos contagiaba de tal forma que salíamos de allí dejando sin efecto las inquietudes mundanas, al sentir la certeza de que todos volveríamos tarde o temprano. Aunque, a día de hoy, las encuestas confirman que todo quisqui  de corazón en activo opta por ser visitante antes que residente. Pero volviendo a la poética de lo trágico, el temblor con origen en lo impresionables que éramos y no en el frío otoñal, venía de los nichos más recientes escritos a tiza, caligrafía tan provisional como la carne allí albergada. Cuando fuimos ni personas adultas ni niños, el pensar en la muerte nos proporcionaba un extraño alivio entre tanta energía sin control, fogosidad, drama e incertidumbre. Por ello la última cuesta, antes de vislumbrar el cementerio, dulcificaba nuestro carácter, relativizando cualquier tragedia, empequeñeciendo el dolor insoportable que conlleva vivir y agigantando el placer que también atesora. Por ello, subir la última cuesta cada primero de noviembre suponía celebrar que, hasta la más abyectas acciones humanas tuvieron, tienen y tendrán sus días contados.