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viernes, 6 de diciembre de 2013

¿EN QUÉ QUEDAMOS? (Dedicado al bueno de Boro)



La palabra amor se parece a la palabra mareo. Te voltea y te confunde en perfecto equilibrio. Desde el primer relámpago no sabes si disfrutar o salir corriendo, si entregarte o desaparecer. Cuando, reblandecido por el ansia de amar, le preguntas a la amada si a ella también se le doblan las rodillas te contesta afirmativamente, pero a causa de tu peso. Cuando, tus revolucionarias hormonas toman el mando dejándote imbécil, le preguntas por el estado de las de ella, te deja caer que bastante tienen con lo suyo. Como para apiadarse de las extrañas.     
Recuerdo un desamor patético y doloroso: Fue el primero. Tendría siete u ocho años. Se trataba de mi amiga invisible. Me dejó tras una discusión de lo más trivial.
A partir de entonces arrastro una desmesurada inseguridad en lo concerniente a relaciones amorosas que me hace preguntar más de la cuenta: ¿Debería quedarme o debería irme? ¿Me quieres tirando a poco o tirando a dar? ¿Estás conmigo porque voy donde vayas o porque te dejo ir? 
La palabra mareo se parece a la palabra amor. ¿En qué quedamos? 
Tengo una idea: Vayamos al concierto de EL CARTERO ROCKERO para que nos saque de dudas. 

jueves, 5 de diciembre de 2013

SIN NADA QUE HACER



Cuando no tengo nada que hacer, lo hago todo.
Soy el más rápido en el campeonato local de silla de ruedas sin conductor. El más comilón en el concurso de huelguistas de hambre. El más certero en el tiro con arco, sin arco. El más inútil vocalista en una sesión de karaoke tras el cierre por mandato judicial. Y, si da la casualidad de que no se mueve nadie, el mejor bailarín del cementerio. 
Para mí, un día tiene cero coma horas. Un viaje relámpago es quedarse quieto. Y ahorrar es no dejar nada para el futuro. 
Tengo facilidad para no aburrirme, incluso en extremas situaciones de inanidad. De hecho creo que donde mejor me desenvuelvo es en el vacío. 
Soy increíblemente bueno para nada. Y creo, sin falsa modestia, que es difícil encontrar alguien así. Elevar la ineptitud a elevadas cotas de refinamiento está al alcance de muy pocos. 
Vivo feliz y despreocupado cuando no hay nada que hacer. Esta virtud es el mejor antídoto contra el envejecimiento. Es mi elixir de la eterna juventud. 
Me he hecho un plan de pensiones en el que pago las cuotas cada vez que me embriago y, aunque pueda parecer vanidad publicitaria, me tengo por un diligente y formal pagador.
No hay nada como no tener a donde ir, ni nada que hacer. 

viernes, 29 de noviembre de 2013

PELOTAS EN LOS TEJADOS (Dedicado a Ángel)



En la barriada se juegan partidos con pelotas sin homologación. Las porterías son pedruscos sin red que se montan tras el calentamiento con las piedras que quedan libres de pelo y sangre. Las bajas por lesión se reponen antes de producirse. Cada jugador es un árbitro cargado de razones. El césped es tan gris como el barro. Los colores de los equipos son tan difíciles de barruntar que los goles en propia meta son el pan de cada día. Se distinguen a las figuras por la cantidad de cardenales que adornan sus piernas. En la barriada un gol no se mete, se rebate. 
La primera parte se diferencia de la segunda por el número de latas vacías de cerveza en los córneres. La furia de la juventud hace que las pelotas estén mayormente en los tejados. En el terreno se ríe y se lucha mientras el peor jugador de la liga recupera los balones debido a su facilidad para asaltar casas y en alguna ocasión ha llegado a poner un DVD en el punto de penalti. Al menos, en alguna ocasión hemos llegado a tener moviola
En la barriada también se puede fichar para el próximo campeonato. Y yo voy a proponer a la directiva uno que no podrán rechazar. Es un tipo alto y moreno que, aunque no haga la bicicleta, simplemente por acompañarnos nos hará mejores, en el campo de juego, en la barriada y en los tejados. 

jueves, 28 de noviembre de 2013

HIJOS DEL AZAR



Algunos hijos al asomar sus caras por las vulvas de sus madres reciben cálidos abrazos. Otros, certeros bofetones. Y el resto, ni una cosa ni la otra. 
Unos son llamados para ocupar nobles destinos. Otros se colocan donde pueden. Y el resto, forman masa. Los hijos del azar son lanzados hacia el futuro como si nadie hubiera planificado su caída. Los responsables esconden los dedos tras apretar los gatillos. Saben que el orden estricto solo se mantiene con la apariencia del caos. 
Si no soy hijo de un senador no tengo inmunidad. Si no soy ningún afortunado me pedirán algo más que sujetar mi desgracia. Si no nací con algo más que con lo puesto me mandarán a la guerra para que me gane el traje. Si el azar ha sido tacaño conmigo tendré que ser agradecido con los que me dejan migajas. Y si por algún extraño disparate me revelo ante el albur, sería deseable hacerlo cuando no tuviera nada que perder porque dejan clarito que sería lo último que haría. 
Algunos hijos vienen al nacer con panaderías enteras bajo los brazos. Otros, vienen con más hambre que con ganas de vivir. Y el resto, donde me incluyo, nos hemos comido el pan antes de nacer y, entre retortijones, nos pasamos la vida buscando un sitio donde cagar.