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jueves, 16 de enero de 2014

EL OTRO BARRIO



La ley demográfica se ha inclinado a favor de la muerte. El recorrido se estrecha por la presión de los años en las columnas de cristal y por la dura sequedad en las viejas almas. Si el mundo conocido comienza a desaparecer quizá lo más apropiado sería dejar de hacer planes de futuro. Si el olor a tierra revuelta está en todos lados, mejor sería entregarse a ella sin hacer apenas ruido. 
Hay sepulturas esperando oportunidades. 
Las pasiones se archivan en necrópolis, tal vez por falta de estímulos. Los seres más canallas llegan y callan. Los más violentos suspiran por recibir lo que dieron. Y los demás tan solo depositan lo que ya no importa. Nadie quiere ser enterrado en un lugar que nadie recuerde pero, esa voluntad no se otorga el último día, se va fabricando desde el primero. 
Ya no caben más muertos en esta tierra. Ni en la otra. El hacinamiento colapsa cualquier desagüe. Nadie dijo que un bonito funeral te excluya de morir. Los espíritus vienen y se van con el frío viento del capricho esparciendo frágiles huesos por la tierra de la nada. El mundo es un cementerio rebosante incapaz de recibir más lágrimas fosilizadas. Tiene el estómago a punto de explotar y desea reventar. Desea tener un merecido descanso obedeciendo a la ley demográfica. 
Y encontrar un cementerio en cualquier piadosa estrella.

jueves, 9 de enero de 2014

LLEGARÉ EL ÚLTIMO



Encenderé varios cigarrillos frente a tu tumba para que seas un fumador pasivo compulsivo. Llevaré el dispositivo de sonido móvil cargado con la discografía completa de GG Allin y no me iré hasta que tu imagen de foto-cerámica mueva las manos sin poder decidir si las pone en la nariz o en las orejas. Apoyaré en tu jarrón con flores del todo a cien la fotocopia que conservo de la entrega de medallas de aquella carrera en la que fuiste bronce y yo último. Ese día, muy de mañana, limpiaré con esmero mis Martens para bailar sobre tu tumba, como hace el soldado con sus armas antes de entrar en combate. Derramaré sobre tu tumba con fingido disimulo un cartón de vino del más peleón, para que los cadáveres de tus vecinos no tengan más remedio que cuchichear. Conseguiré que el encargado del cementerio me tire a patadas y me declare persona non grata. Me armaré de valor para insultar a un muerto: ¡Papanatas! ¡Desorejao! ¡Ratón con mallas!
Si un suponer yo no llego el último, no te tomes estas palabras como algo personal; sabemos que siempre has sido un puntito suspicaz y que el sentido del humor no se te otorgó en demasía… ¿Qué ostias hago yo flojeando, si toda mi puta vida se cimienta en llegar el último? 
No queda otra. Llegaré el último.

jueves, 2 de enero de 2014

NUNCA CAMBIAREMOS



Siguiendo la estela del voraz silente quedamos por siempre atrás, ajados por el inútil esfuerzo de intentar alcanzarle, humillados por la patética ambición. Quien avanza por el cielo no tiene competidores a ras de tierra. El deseo por sí solo no se cumple sin un algo de suerte y un todo de oblación. Ultimamente las líneas aéreas no tienen demasiado tráfico, ni demasiado prestigio. Las piernas no se hicieron para volar. Ni la ramplonería para trascender. El licor barato inunda estómagos podridos como la ceguera perpetúa amaneceres. La ardiente calma transita sinuosa por los callejones nocturnos del asesinato. Las mujeres han decidido no parir más monstruos. Los violadores acechan almohadas. Y la medicación se ha suspendido por falta de interés. En cada hogar, frente al televisor, se apilan cadáveres. Los bomberos ya no acuden a las llamadas porque saben que no se trata de incendios sino de incineraciones. Los abrazos son de ahogo, los besos de mordeduras y los amores de traición. Basta seguir la pista para saber que nunca cambiaremos. Para saber que los reyes son despojos aromatizados. Para saber que los líderes son malolientes zombis sin cabeza. Y para saber que el resto somos carne de esclavitud condenada a no cambiar jamás. 

martes, 31 de diciembre de 2013

ENTRADAS QUE SON SALIDAS



Al nacer me hice la picha un lío porque no acertaba a distinguir si salía o entraba; si había que llorar de alegría o reír de aflicción; si con cerrar los ojos podría continuar el sueño o si al abrirlos me daría de bruces contra la pesadilla. Creí que, nada más entrar al mundo, a todo quisqui  le darían un impoluto dorsal de número único para distinguirse en la carrera pero, no. El mío estaba arrugado, viejo y desdibujado. Usado en definitiva. Recuerdo haberme tocado las piernas por si no eran las mías. Confundía fiebres con sudores, alucinaciones con realidades y miserias con logros.      
De tanto devanarme los sesos se me han quedado como finísimas lonchas de incurable jamón barato. 
Nací de un puntapié en la matriz de mi madre. Amilanado de frío quise volver a la cueva tras echar un breve vistazo al periódico del día. Supe al instante que mi venida no aportaría sustanciales mejoras. Había tenido nueve meses para corroborar tal precoz conocimiento. Desde entonces he preferido salir a entrar, cerrar los ojos a abrirlos, dejar de correr y buscar al responsable de la carrera para devolverle el dorsal que nunca le pedí.