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viernes, 16 de junio de 2017

SI PUDIERA HABLAR DIRÍA NADA. (Dedicado a Eneko, uno de los mejores productos humanos que conozco)


La negación es la fase preferida del adolescente, necesaria para cambiar la piel infantil por la que rodeará su próximo y propio carácter. Destruir para construir. Hay que dejar atrás lo que la familia y el colegio impone. Hay que salir de la obligación para desear volver, solo si vale la pena. Y si no, alejarse lo más posible, sin pena. Un, dos, tres, cuatro y que empiece la diversión. Lo que más valora un ser púber es la cantidad de confianza que en él se deposita. Puede parecer paradójico, pero es la mejor opción para que se maneje con responsabilidad, para que sienta realmente su vida como propia y para que haga de sus errores virtud. No hay fórmulas exactas que hagan ciudadanos modélicos, ni lo contrario. Lo que para unos puede ser estímulo, para otros puede ser freno. Quien piensa que su pensamiento es digno y modélico, sencillamente no piensa. Quien se compara, pierde. Tanta palabrería me pierde. Si la juventud no me hubiera abandonado tan ferozmente y pudiera hablar desde aquella maravillosa cima de inseguridades, asco y mugre, diría nada. Así es como agarro la negación de la que hablaba al principio, negándome a aceptar el final.
Sigo comprando champú para cabellos rizados y turrón del duro.  

viernes, 9 de junio de 2017

RESCATE SUBJETIVO DE JUSTICIA


Dentro de los cabezas de limón había un autor que mis viejas orejas reclaman poner en un sitio de honor. He tenido que superar ridículos prejuicios y carbonizar centenares calendarios para no importar lo que piense nadie de mi opinión. Hay gente tardía y yo soy de los últimos, siempre es mejor mejorar al ritmo de los caracoles que persistir en la coherencia del error. La música está llena de maravillosos fantasmas que tan solo existen para los médiums. Aunque en este caso, el artista invisible una vez tuvo un cuerpo apenas triunfal. Evan Dando tenía un grupo que por aquel entonces no me interesaba, me resultaba blando e intrascendente y encima era ¨guaperas¨. Ya se sabe que el desprecio se nutre de la propia mediocridad cargada de orgullo y así otorgar justificación a la existencia. Pero, escuchar sus canciones me incomodaba de modo extraño. No aceptaba sentir que, a pesar de ser lo más alejado a mi gusto, me gustaban.
Fue un proto-grunge. Las melodías rebosaban en Nirvana y nadie se escandalizó por ello. La actitud de los Lemonheads tiene de todo menos postura artificial. Con el tiempo les fui siguiendo la pista y cuanto más se diluían en el desinterés del público y de la crítica, más los escuchaba en secreto. Leí un artículo que confirmó mi intuición, decía que el tal cantante iba arrastrándose por los escenarios y que teniéndolo todo para ser lo que hubiera querido, decidió no ser nada. Oigo sus canciones y veo a un creador insobornable, comprometido tan solo con su obra. Veo sus actuaciones en directo y sus ojos apenas se abren. Los acordes que utiliza son su personal expresión salidos con una extrema timidez y una abrupta sensibilidad. Hace poco ha sacado un antiguo trabajo con un sonido más cuidado y he leído un artículo de un crítico diciendo que tal vez todo lo que se dijo y lo que no se dijo de él, tan solo fueron leyendas urbanas. Él nunca tuvo culpa de ser guapo y talentoso. Los críticos y yo, siempre hemos tenido la culpa de no saber llevar nuestra carencia de belleza y de talento dignamente. 

viernes, 2 de junio de 2017

DE AMOR Y DE OTROS ALIMENTOS


Estar enamorado es tener hambre infinita y no sentirse satisfecho ni con mil banquetes de exquisitos manjares. Es ser luz y no encontrar oscuridad capaz de tragarte. Es sentir como bailan tus pies en total quietud gracias al alegre e incontrolable temblor de un suelo con vida propia. Es reír sin motivo o arder sin llama. Ver como el intenso color rojo de un domingo se derrama con naturalidad hasta su lunes. Es oír el despertador como una magna obertura. Es hacer de la fascinación, hábito. Y de la gana, costumbre. Desde que ella llegó, yo dejé de ir. Desde que ella está, dejó de importarme donde yo esté. Y todo lo contrario. Simplemente soy y estoy mejor. A la humanidad le iría mucho mejor si toda ella estuviera enamorada el mayor tiempo posible.
Hasta aquí he hablado de amor, ahora toca hablar de otros alimentos. Sentir la frustración del desamor es tener el vientre lleno de nada y sentir la imperiosa necesidad de cagar todos y cada uno de los cristales en los que se convierte el corazón al romperse y, con la fuerza de la gravedad, bajar del pecho al estómago para hacer sangrar sus paredes con furia, como si nunca hubieran sido vecinos bien avenidos, como jode una comida putrefacta de digestión imposible. No estar enamorado es llevar alimento a la boca que ni fu ni fa. Sentir la indiferencia es comer solo en un restaurante con encanto y hacer la digestión cambiando de canal sin que nadie se enfade. O lo contrario.
Para poder estar enamorado hay que saber no estarlo, saber estar solo, alimentarse bien, y lo más importante, tener el corazón en su sitio.          

viernes, 26 de mayo de 2017

PEDIR LA VEZ


No acostumbro a entrar si no hay clientes. Me asusta la soledad en todas sus formas. Supongo que me viene de haber nacido en la habitación de la casa de mi abuela mientras el barrio dormía y no en una planta de hospital lleno de barrigas a punto de explotar. Uno siempre desea lo que no ha tenido. En la escuela, no me fue mejor. No la conocí hasta que cumplí los doce, y desde entonces no acostumbro a entrar en sitios donde no hay nadie. De hecho, me encanta pedir la vez allí donde la multitud se agolpa para lo que sea, y si es un atasco, ni te cuento. Crecí tan al margen del margen que solo quería pertenecer a algún grupo. Hasta el menos interesante me producía interés. Fui a la iglesia contento y a menudo, hasta que dejó de tener clientes. Fui al gimnasio con intensidad hasta que se vació por el vicio. Fui el más vicioso hasta que me vi solo de nuevo, rodeado de exdrogadictos. Siempre por detrás y sin nadie a quien pedir la vez. Luego hicieron familias con hijos. Los clientes que perseguí, ahora se amontonaban a la salida de los colegios, en las oficinas de los bancos a la hora de comer para pedir créditos, en hoteles de todo incluido en fines de semana con lunes en rojo, en oficinas de abogados de mala muerte para conseguir una separación barata, en redes sociales para volver al mercado y en centros de salud esperando tratamientos de quimioterapia, de esos que llenan huecos en los que solo los gusanos piden la vez.