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jueves, 14 de abril de 2011

¿DÓNDE ESTÁ MI CABEZA?

Como un zombi sin cabeza deambulo.

Como un fino estilista diseño sombreros que jamás usaré.

Al menos el champú me lo ahorro.

No tengo mocos, tengo sudores.

Discurro con la nuez y pienso con el corazón, cosa que resulta en un alto porcentaje desastroso.

Hago planes con los pulmones que siempre quedan en humo.

La memoria la tengo en los huevos y quizá por ello soy tan olvidadizo aunque resulta una característica muy excitante, vamos que me pongo cuando intento recordar algo, lo que sea. No todos pueden decir lo mismo.

Razono con y como el culo, asunto lógico ya que carezco de trasero por su extraña capacidad de no desarrollarse desde bebé. Sigue igual, de bebé, con los carrillos huecos al extraerle el centro con una pala de helado para hacer un cucurucho doble.

La imaginación se reparte por igual en los pies. Dicen que se me cayó.

El día menos pensado buscaré mi cabeza. ¿Alguien la ha visto? Sería fantástico que toda la gente de mi calle se juntara para peinar el barrio.

No puedo dar recompensa económica, pero si alguien la encuentra prometo darle un beso tan bueno que parecerá el primero. Al menos para mí.

ÁTOMOS SOLITARIOS O FELICES MUTANTES

Desde la cuna a la placa de mármol hay una lucha que nos llama a filas a tod@s: vencer la soledad.

Es una guerra donde nadie puede alegar objeción de conciencia. Se libra y punto, quieras o no. A contra reloj. En un tiempo limitado: el descrito en la primera frase.

Es tan simple que asusta.

Los creyentes en la reencarnación pueden darle la vuelta al reloj de arena las veces que quieran, pero simplemente se remueven en la tierra como albóndigas negras, pasadas, inservibles para comer.

La batalla es posible ganarla aunque a un alto precio: dejando la piel de tu egoísmo por el camino. Al final podrás estar despellejado y sin aliento, pero acompañado.

Los últimos acontecimientos atómicos me han dado una idea para ahorrarle a mis hijos esta cruenta pelea: Hacer un viaje familiar por los parques temáticos de Fukushima y Chernóbil, tras lo cual le saldrán dos cabezas a cada uno de ellos, para que nunca se sientan solos desde las cunas a las placas de mármol con fotos dobles.

Me encanta hacer de la necesidad virtud. Así de simple.


jueves, 7 de abril de 2011

SÁBANAS BLANCAS Y CADENAS CON BOLAS

El pasillo, estrecho y largo con paredes transparentes. La cocina, de fogones encendidos con humo levantándose de ollas antiguas. La puerta de entrada es como un puente levadizo con foso.

El dormitorio tiene insomnio, se desvela.

Las fotos con marco de plata encierran recuerdos perdidos. Las ventanas abiertas dejan pasar la niebla. El suelo de gres está raspado.

La casa está deshabitada pero, cada 2 de enero se llena de ruido sordo, remoto, triste. Los vecinos pueden corroborarlo, bajan el volumen de la tele y asustados se quedan quietos hasta que los suspiros disminuyen y se apagan.

El del quinto aseguró en una ocasión que vio una sábana blanca tendida en los cordeles del piso sin vida. En la reunión de escalera se hicieron chascarrillos con esa confesión: que si el fantasma es muy limpio, que si lava a mano porque no se oye la lavadora, etc.

Bla, bla, bla... Lo que no sabían es que cada 2 de enero una chica entraba a hurtadillas en la casa. Era su amante. Luego de etéreos sudores ella se marchaba a otro barrio donde tenía una casa con el pasillo estrecho, la cocina con cacerolas de barro y las fotos de plata rezumando amargura.

CAMBIOS QUE NUNCA LLEGAN

Tenía un andar decadente, un respirar asmático, un pelo que le abandonó cuando empezaba a anillarse y en el bolsillo una esperanza de mejora cual recorte de periódico de la sección de horóscopos, pero de los buenos, de los que consiguen convencerte de que vas a tener un día superior, como un masaje con aceite de palabras amañadas pero aromáticas.

Tenía jodida la vesícula, hundido el pecho, alejada la sexualidad y un número mágico que haría excitar la imaginación a una piedra, buena señal dirían los videntes más trileros.

Tenía una mala racha, de hecho no recordaba ninguna buena. Si fuera una seta le crecerían los hongos.

Pero todo ello estaba a punto de acabar. Iba como un tiro derecho a una administración de lotería pensando en qué banco depositaría su futuro de amor y lujo. Sabía que a partir de entonces le iban a rodear las putas, los amigos ladrones y los aduladores de cartón. No le importaba. Disfrutaría de todo hasta hartarse y luego haría tabla rasa para quedarse con lo verdadero. Tenía suficiente inteligencia y destreza como para manejarse en cualquier pista de patinaje, por arañada que estuviera.

Salió de la administración de loterías con un andar decadente, un respirar asmático, una peluca que compró del todo a cien y un optimismo a prueba de bombas.