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viernes, 5 de agosto de 2011

BUCLES EN EL PELO DE LA VÍA LÁCTEA


Un cometa de hielo repite su senda estelar envuelto en llamas mientras un objeto humano desconocido vuelve a errar cargado de razón.

Y mi arma sufre un colapso por no saber a qué disparar.

Júpiter por mucho que gire nunca se verá el culo. Sus lunas ríen de tanto vérselo.

Cerca de mí, estoy yo. Y río hasta quedar afónico.

El Apocalipsis se ha atascado de tanto repetirse. Los profetas aciertan por cansancio y mi madre acumula legumbres en la despensa por si acaso.

El polvo del espacio interestelar es redundante como la autocompasión.

Mis sueños se han reducido a uno: los bucles de mi pelo despegan cual cohetes para viajar a los confines de la Vía Láctea.

El cielo azul padece un colapso por no saber a quien cubrir.

Las almas circulan en formato digital, simple y ramplón, con escasas pero maravillosas excepciones.

El Universo también se expansiona redundantemente, pero allá en su última frontera utiliza mis bucles de pelo largo para marcarse un solo de guitarra de aire mientras yo espero al cometa destinado a llevar mi calva cabeza al encuentro de sus bucles.

Mientras espero han llegado a decirme que tengo caspa, y yo sentencio: no es caspa, es polvo estelar.


DECIMONÓNICO

Me gusta el orden con pelusa, la puntualidad en un viaje en el tiempo, la grapadora dispuesta a morder con sus dientes de oro sin faltarle ni uno y me gusta no perderme ni el logo inicial cuando veo una película.

Cuando está a punto de desaparecer la tinta de un boli me tranquiliza haber comprado otro con un mes de antelación, por si la fatalidad se cumple a horas intempestivas.

Es agradable escuchar a tu cuerpo y obedecer. El mío es un tirano de delicadas formas, me engatusa sin parecer imperial, sobre todo cuando se trata de ordenarme con exquisita delicadeza que busque mi estado natural: la horizontalidad. Yo, ingenuo, pusilánime y de honestidad dudosa, acepto.

Me gustaría vestir de traje y corbata en todo momento y lugar, sobre todo cuando voy a la biblioteca, a la tienda de ultramarinos o al videoclub, pero mi desgarbada naturaleza ha dejado claro que todo es susceptible de verse con humor menos la elegancia.

Cada mañana voy corriendo con ilusión hacia el espejo del aseo, por si la noche me metamorfoseó en un educado galán, pero termino miccionando como Gregorio Samsa.

Adoro el olor de las páginas de los libros, tanto que puedo distinguir con los ojos cerrados el lugar que ocupan en mis cajas de mudanzas sin desprecintar, un Clarín, un Poe o un Galdós. Me gusta saber que están ahí, a la espera de que en un futuro no muy lejano los lea uno a uno por orden alfabético, o de que la pelusa los entierre a todos mis contemporáneos con el debido respeto y orden.


viernes, 29 de julio de 2011

SALTANDO SOBRE DUNAS DE ARENA SOLITARIA

Las puntas de los dedos llenas de arena solitaria, mágico poder, oasis reales llenos de dulce compañía, divertidos bailes sobre sepulturas vacías, agitación, risas de cóctel, penas que huyen a saltitos cortos, suelos que se mueven, belleza momentánea atrapada y pacificación agradecida.


Las palmas de las manos refrigeradas, trémulas cuerdas vocales tarareando, humo circular sobre las cabezas de los santos, coronas plateadas, nichos alegres compartidos, caricias como heridas, documentos sin datos, fotogramas reproduciendo placer visual y burbujas de saliva estallando en corazones con latidos coreográficos.


En las dunas de arena no se nota el desprecio, los cristales no reflejan sombras, las manchas son brillos, la moqueta es un solar donde se instalan naves industriales y los bolsillos son cooperativas.


Las puntas de los dedos metidas en una bañera se arrugan y sus surcos como de música en vinilo nos recuerdan lo felices que en aquel tiempo de arena fuimos.


Nos vemos en las dunas.


NI FALTA QUE HACE

No hace falta que no puedas darme tu amor. Yo te daré el mío y cubrirá holgadamente el de ambos.


Este texto era el mensaje de un telegrama encontrado en un centro de recuperación de papel y cartón. El trabajador que hizo el descubrimiento lo recogió con emoción mirando a su alrededor como quien se agacha a coger cien euros huérfanos. Lo dobló, lo guardó. Lo tuvo en su bolsillo toda la jornada y ya en casa, sin quitarse el traje laboral se sentó en la mesa de la cocina y desplegó con mimo el intrigante tesoro.

Empezaron las pesquisas. Leyó datos personales, fechas.

La firma de la destinataria era un borroso y rácano rayajo de línea nerviosa y desganada, como quien quiere acabar cuanto antes el trámite.

Supuso que fue ella la que depositó el telegrama en el cubo de basura para papel.

El trabajador no tenía que suponer cómo se sentiría aquel desconocido si conociera aquella declaración rehusada.

Se quitó el uniforme, entró en la ducha, quedó inmóvil bajo el agua el tiempo suficiente para superar el dolor, dejándose inundar con dulzura de su amor por ella que, como ondas distraídas rebotaban en los azulejos calmando su angustia, confirmando así la autenticidad contenida en aquel telegrama sin respuesta.