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jueves, 11 de julio de 2013

LA LEY INGRATA II



En el sofá habitan pesadillas de todas mis siestas desordenadas en forma de ácaros fornidos. Sus aguijones se clavan como finísimos pelos al sentarme y los sarpullidos colorean de rojo la piel de mi descanso.
La televisión espolvorea cadáveres alrededor en diferido. Intento evitar que los fragmentos ensangrentados me sepulten antes de que la realidad se demore.  
Busco un mundo mejor en otro canal pero acabo cayendo al vacío desde el precipicio de la vigilia. Un golpe y un crujido me entrega al sueño más sucio, más vil, más mío.
Me niego a despertar si no te vuelvo a ver, si no está a mi alcance tu pelo, si no vibra en el aire tu voz, si no hay rastro de tu aroma para husmear.
Atenazado engullo pensamientos malsanos, trillados, purulentos. 
La realidad se me cae a pedazos vencida por un sueño sobrecogedor, igual que la vejez expulsa sin compasión cabello y dentadura. Bajo el sofá quedan huérfanos mis dientes y mis pelos. Sobre el sofá tengo un cuerpo decadente entregado a una victoriosa pesadilla.
He dejado de pelear al saber que no te volveré a ver.
El sofá es mi mortaja y el sueño mi condena.

sábado, 6 de julio de 2013

UNA NAVE INDUSTRIAL EN SU PECHO. (Dedicado a Santi)



Su pecho es del tamaño de una nave industrial. Es el único espacio que encontró para hacer una fiesta donde meter a su gente y se quedó pequeño porque había que compartirlo con su corazón. Con todo, organizó la imposibilidad quitándose de en medio, laminando su pulso, regalando sangre y vida a espuertas. 
Su semana solo tiene sábados por la noche. Su universo pertenece a la sexta dimensión. Pero no es para él. Es para quien se acerque. 
En la fiebre de vivir hay grados. Los hay que viven en el frío, y con suerte se conservan, pero la vida empieza a partir de calentones y evaporación. 
Su incomprensión del mundo es innata y dolorosa, pero nunca se ha rendido. Mi humilde tarea fue y será intentar no añadir obstáculos, no colocarle trampas, aunque conociéndome lo tengo jodido. 
Su calva cobija desiertos, y el que proporciona sombra recibe el sol de pleno.
Si alguna vez le desahucian de la nave industrial de su pecho no será por no pagar. Será por falta de gente compartiendo riego sanguíneo. La soledad lo mataría. Y la caja de cerillas que es mi pecho no soportaría la culpa y el asco que yo sentiría todos los sábados a la noche. Con el tiempo, igual…

viernes, 5 de julio de 2013

LA LEY INGRATA I



Dulce tarta de caos preparada para hornear mientras llegas. Los ingredientes salieron de mi ansiedad desperdigada por las lejas del frigorífico de mi pecho. 
El reloj de la cocina marca eternidades. La luz mortecina del atardecer asomando por la cristalera me presta un delantal burlón, inútil para esquivar salpicaduras de ausencia.
El horno precalentado acabará en llamas si no apareces. La tarta se secará con rachas ingratas de viento venidas del patio de luces.
Intento poner orden en el cajón de los cubiertos y descubro una guadaña que el demonio olvidó cuando le invité aquel otoño antes de conocerte.
La fiera vuelve cuando no estás. La pared recién pintada me recuerda la ruina que fui. Piedras amontonadas sin sentido hasta que tu mirada las hicieron muro. 
Cae una lluvia fina sobre la calle por donde vendrás, dando al asfalto un brillo de aceite como con brocha.
Una canción de tu gusto suena a lo lejos para adornar mi tortura.
Y yo miro la rancia dulce tarta de caos estampada en el cubo de basura.
Enfurecido busco la guadaña.
Un alegre timbre hambriento llega y retumba.

viernes, 28 de junio de 2013

HUYENDO CIRCULARMENTE



Quiero escapar de mis zarpas de terciopelo retráctil, de mi discurso perecedero y de mi fronteriza piel. 
Entre el fondo y la superficie se desliza un desasosegado ser aburrido como la nadería, insomne cual guardián a tiempo completo. 
Odio la valla sin portezuela que es mi cráneo y la fuente de piedra que es mi cerebro. Quiero huir de los clichés que imponen mi asustadiza voluntad. 
Estoy preparando un plan de fuga atiborrado de sencillez en el que la mayor dificultad radica en llevarlo con la suficiente discreción, teniendo en cuenta mi limitada capacidad para el autoengaño. Con suerte conseguiré despistarme. Cuando creo alcanzar tamaña insensatez, la realidad me devuelve al sitio desde donde partí con la triste sensación de haber recorrido una rotonda. 
Me gustaría verme como un extraño con quien nada en común tiene, para justificar el desprecio. Mas cuanto más me abandono, más me encuentro.
Aceptar que no hay escapatoria lleva toda una vida. 
Y probablemente yo necesite un número mayor de vueltas a la rotonda para comprenderlo. 
Pero todo aquel que huye circularmente ni avanza, ni comprende.