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jueves, 19 de febrero de 2015

AMOR EN BRASAS


No hay canciones de amor. Son todas de amor en brasas, humos de amores calcinados. Hasta las que hablan de las primeras chispas son solo una llamada a los bomberos. Todos los amores acaban igual, extinguidos. Solo se diferencian en la cantidad de ceniza que dejan. Unos arden rápido, otros lentamente, pero, la mayoría olvidan la combustión. Tengo un amigo bombero que llegó a una lastimosa conclusión tras examinar decenas de incendios amorosos. Me dijo sin temblar que el amor no existe. Yo le dije, algo inseguro eso sí, que, de tanto manejar conceptos científicos, había perdido de vista el significado real de la palabra amor. Le dije con tenue voz para no ofender su intachable profesionalidad que, quizá el amor no sea amor si no ha sido abrasado, machacado, fundido hasta la desaparición. Él me miró con dulce paternalismo y, sin decir nada, me abrazó como se abraza a un amigo al despedirse en una estación. Supo en ese instante que yo sería uno más de los troncos condenados a la próxima hoguera que él debería apagar.

jueves, 12 de febrero de 2015

ES POR SU BIEN


En el buzón de su domicilio le llegó una carta de desahucio que, con educadas palabras, le invitaban a hacer las maletas y salir de su hogar como quien va a hacer un viaje de placer con el Imserso hacia la felicidad sin pagar nada por ello y sin billete de vuelta. Su bien organizado destino no tenía más que ser recibido con agradecimiento y alegría. Además, le daban un mes para no pensárselo. Por entre sus temblores al leer aquel poético requerimiento surgieron unas insignificantes dudas que no darían mucho de sí. Nunca imaginó un final tan desorientado al final de sus días. Pero tal cantidad de palabras irreprochables lo dejaban tranquilo y, sinceramente, lo de la tranquilidad sí le recordaba sus deseos de juventud al soñar con su vejez. Y salió de su casa con la certeza de que era por su bien. Los compromisos se cumplen.
Y él era un hombre de palabra.

EL DOLOR NO SIRVE PA NA


Los galones que otorga el sufrimiento no los quiero, siempre se me clavan en la piel atravesando cualquier tejido por grueso que sea, da igual que lleve ropa de invierno, siempre me jode su dolor. Como dijo aquel: tengo más querencia por el hedonismo que por el nihilismo. Y mira que queda bien saber encajar los golpes pero, es que: no puedo.
Soy más de besos y arrumacos, de palabras dulces cerca del oído orillando peligrosamente el empalago, de superar dificultades con faltas de asistencias injustificadas o de soportar sobreexposiciones a los obsequios más furibundos.
Tengo las suficientes horas de vida para no ir contra mí, solo por no parecer lo que no soy. Ello no me hace mejor pero sí aligera mi desagrado al verme y juzgarme.
El dolor no sirve pa na. Lo digo cuando lo siento pero ¡maldita sea!, he de reconocer que una vez superado me ha salvado de ser un completo y redomado imbécil. Y lo malo es que, al tener una inteligencia low cost y la memoria de un politoxicómano tras un festival semanal con todo gratis, mi capacidad de aprendizaje es casi nula.
Tengo horas de vuelo. Y no me han servio pa na. Pero las doy por buenas porque, junto al dolor, me han hecho comprender que no puedo culpar a nadie, de cómo quedará mi foto, de viajero estrellado, en la lápida.

sábado, 3 de enero de 2015

A PESAR DE TODO


El alma femenina soporta tragedias, pedruscos, altibajos y bajones.
La mujer pare a dentelladas, del mismo modo que arropa féretros.
Sin ellas, no hay segundas oportunidades, ni terceras.
Sin ellas, el círculo es un punto en una recta o una eyaculación sin placer.
Unos labios pintados parten más corazones que unos guantes de boxeo.
Unos tacones de aguja dejan un fino rastro rectangular de sangre negra, útil para enmarcar fotos en sepia de víctimas pisoteadas tras el amor fallido.
A la tercera va la vencida. Sin complacientes permisos. Sin margen para el llanto. Sin más fármacos para las heridas que la inexorable aparición de nudosas cicatrices.
El alma femenina soporta furibundos incendios, paradójicamente por haber padecido devastadoras inundaciones.
Su piel no envejece, cristaliza.
Bajo sus uñas hay jirones de barro sin cocer, diminutos trofeos de batallas donde quizá cupo la derrota, pero no la rendición.
Bajo sus pezones se oculta el alimento; bajo su vientre, el origen; bajo su cabeza, el mundo. Atlas fue una mujer que perdió su alma, su casa, su amor, su voz. Y a pesar de todo, seguirá sola, soportando tragedias, pedruscos y hombres.