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viernes, 9 de diciembre de 2016

REY DE LOS CIELOS


Camina aburrido por un páramo de nubes de algodón como un niño en una feria que conoce de memoria y en la que no queda ya atracción por descubrir, ni capricho por saciar. Vive a espaldas de un mundo que le pertenece, pero ya no le importa. Antaño solía esforzarse cuando oía débiles plegarias, cuando sentía como algo suyo la opresión, la injusticia o el desamparo, cuando a su espíritu celestial todavía le quedaba algo de humano. A todo Gurú le llega el momento de perder la perspectiva, de caer en la alienación de una estrella del rock, de creer que no contaminas por limpio que seas, de confundir la propia realidad con la universal, de pasar de estar en deuda con el cosmos a sentir falto de pleitesía con quien lo creó. Vivir en una burbuja es lo que tiene, pierdes interés por lo que ocurre más allá de tu nariz. Incluso tanta endogamia mística produce monstruos que ven en sus actos perfección y belleza donde solo hay deformidad, depravación y maldad. Los dioses se vuelven niños malcriados, capaces de defender sus derechos a fuerza de llanto y mocos, mientras olvidan sin empacho sus responsabilidades que una vez tuvieron de adultos divinos que una vez fueron.
El rey de los Cielos anda buscando nuevas y exóticas experiencias que le saquen del hastío, que estén a la altura de su alteza. Últimamente, se le vio tirar televisiones por la ventana de una nube-hotel de lujo, acabar con el minibar un Viernes Santo o pedir la hoja de reclamaciones porque le dieron caviar ruso habiendo pedido iraní.
La eternidad no la soporta dignamente ni el Gurú más aguerrido.         

viernes, 18 de noviembre de 2016

DEL PUEBLO AL MUNDO


Un tal Rulfo escribió unos relatos desde la altura cero que da la tierra, desde su pequeña atalaya local, y consiguió trascender arañando corazones de cualquier lugar del mundo, por alejados que estuvieran. Lo único extraño a lo humano es la sin razón. (Acabo de cometer un resbalón argumental: la sin razón la ejercitan personas, luego nos pertenece).
La globalización se ha quedado en un hueco cascarón henchido de marketing y aire, donde lo que cuenta es la trampa más soez, en vez de hacer crecer la conciencia de que afuera de nuestra piel, afuera de nuestros códigos postales, hay otros pellejos y otras poblaciones tan hermosas y miserables como la nuestra.
Me da igual quien grite lo anterior. Aunque prefiera a otros que no soy yo. Lo que uno piensa que es bueno, hay que defenderlo siempre, aunque te excluyan.
Es necesario salir del pueblo, sobre todo si eres duro de mollera. No es efectivo al cien por cien pero, ayuda a saber si tienes remedio, o no.
Yo, desde muy joven, aun siendo más imbécil que un pastel de sal, tenía la intuición de que otro mundo no se construye desde el odio que hacia él también sentía. Algo me susurraba que de mi malestar no solo tenía culpa el mundo feo que me aplastaba con su hedor, ¿acaso yo no formaba parte de él? Pues aplícalo a cualquier niñato de cualquier pueblo perdido del planeta y repartamos comprensión haciéndolo así más habitable.            

viernes, 11 de noviembre de 2016

CADENAS SUBJETIVAS


El día no termina al atardecer. La luz de un leed es el eco del sol. La inquietud bromea con mentes cercanas a la sobreexposición. Y un grito corta el silencio dejando tristes trozos de soledad. El peso del horror interior oprime deseos y voluntades. El fantasma es tan real que se siente como el agudo dolor irreal en un propio miembro ausente. La esclavitud va por barrios. Lo de fuera no importa. Lo de dentro se impone como una cadena subjetiva llena de candados sin llaves. Cada monstruo tiene sus miedos y cada miedo, sus monstruos. Desear escapar no siempre ayuda. La incomprensión se extiende fácilmente. En mitad de la locura no hay término medio. A mitad del camino no se puso la llegada. Y en cualquier adiós no siempre hubo un saludo. El atardecer no termina al anochecer. Al llegar a casa, las sombras del agobio son virus que pasan del traje al pijama con extrema facilidad y sin remisión. Por entre los pliegues del sueño se ocultan frías cadenas subjetivas que rodean los cuerpos al despertar.
Y la esclavitud nunca termina al amanecer. 

lunes, 31 de octubre de 2016

A LA HORA


Ser coherente es toda una habilidad al alcance de muy pocos. Mantenerse en la fama cuesta una inhumana barbaridad. Que se lo digan al cantante de los cantantes que se fulminó la vida sin dejar de tener éxito. Fue una estrella de rock con manguitos de salsa, tan enorme en su arte como en su personal desgracia. Adorado y explotado a partes iguales. Cuanto más alto volaba más le faltaba el aire, cuanto más brillaba su voz más se vaciaba y oscurecía su pecho. Hay dos clases de personas que disfrutan con la velocidad: unas con la que les proporciona un bólido y otras sintiendo la aceleración en sangre. Para gustos, los estilos musicales. La salsa aparenta ser un mero juego para el baile pero, en manos de los que pertenecieron a la factoría Fania era fuego, caribeña pasión, verdad y peligro. Las grandes innovadoras hazañas suelen surgir de espíritus insobornables, capaces de llevar al extremo y más allá su artística inquietud, sin miedo al estéril logro de fogueo o a la inesperada y fructuosa chispa del roce con lo extraño, como fue dejar que el ritmo latino se empapara de Jazz y vanguardia. Quizá el cantante de los cantantes ni supiera lo que hacía, pero lo hacía. También llegaba tarde a los conciertos por su actitud roquera y disoluta pero, en vez de hacer valer su vanidad ante su sufrida banda, hacía una canción, tan plena de tierno humor como de ritmo caliente, a pesar de que a sus músicos no les hiciera mucha gracia que el rey de la puntualidad nunca llegara a su hora.