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miércoles, 31 de octubre de 2012

PEGADOS A LA MISERIA



Alguien cocina un guisado de ingredientes con Alzheimer en la avenida de la mugre. Su aroma no llega ni al hambre. Acaba en su propia intención. Igual que hacer un nudo teniendo muñones por manos. La carencia no llueve a gusto de todos. Para que haya un perro sin pulgas debe haber razas enteras infestadas. La falta de sueños alienta ramplonas realidades. Hay comisuras de labios que jamás dibujaron sonrisa alguna. El ánimo inmaculado es la diana del vicio. La chabola cobija golpes indiscriminados del mismo modo que el casino reparte bancarrotas. Hay barrios donde las estrellas son bombillas fundidas y el sol fuego del infierno. La música se escribe con gritos. Un padre abofetea al hijo. Una madre se encuentra a la hija sin haberla buscado. Se crece por inercia. Se vive por necesidad. El río viene espeso por el cieno. El mar se ahoga de marrón. 
El guiso no alimenta en estómagos podridos. 
Una infección encuentra un apartamento libre en la playa de la herida.
Los párpados son abanicos incapaces de espantar moscas.
El grado de suciedad es insoportable a ras de tierra. Por ello todas las almas sueñan con volar lejos, muy lejos; más allá de la sórdida miseria a la que estamos pegados en esta avenida de la mugre.        

jueves, 25 de octubre de 2012

EL PRIMER DÍA SIN MÍ



Un nuevo día sin mi sombra será igual que sin ella. Los obituarios de periódicos locales no darán señales de mi falta. La radio no recogerá ni lo que está contratado en mi seguro de decesos. La única corona de flores blancas y amarillas que me recordará será la de mi última cerveza consumida. La bandera del paraíso es blanca y dorada, con burbujas en lugar de estrellas. No ondeará por vientos terrenales porque allí no llegan. Estaré a salvo al albur del vacío. Allí no llegará ni mi propia abyección. Aunque cuando me marche dudo de que la sed se olvide de mí y entonces, será ajustado a derecho beberme la inaccesible bandera con un "va por ustedes". No dejaré ni el mástil. 
Adiós reina mía. El primer día sin mí no volveré a verte. 
Seré un náufrago más. Fallido y estéril. Mi herencia será engrosar la copiosa nómina de los inútiles. La ruleta se fijó en mi apuesta como lo hace un tren al pasar por una abandonada aldea sin estación. 
Cuando me marche parecerá que nunca haya estado aquí. A no ser que el primer día sin mí, las amistades y la familia que deje, soplen para agitar levemente mi sucia bandera clavada con torpeza en sus corazones.

jueves, 18 de octubre de 2012

APLASTADO POR EL CIELO DE ABRIL



La primavera cayó sobre mí como una plancha plomiza de flores secas dentro de un libro comprado hace mil años.
Una voluptuosa aflicción me despertó dejándome parapléjico y entumecido.
Delgados rayos de sol penetraban por la persiana sin cerrar del todo, rellenando la habitación de alegría fatigada.
Decían que abril traería luz, gozo y renacimiento. Pero yo sentía penumbra, agobio y deceso.
La temperatura agradable invitaba a salir y disfrutarla. Yo, necesitaba enroscarme, regocijarme en la patología, aislarme con intensa ferocidad.
Me llegaban los sonidos vitales de un barrio dinámico. Pero yo oía sollozos de entierro, rezos de pérdida, misa de difuntos.
Vivía mi imposibilidad como un contrapunto necesario a un orbe febrilmente optimista y laborioso. 
Abril empujaba con fe al invierno que quedaba en mí sin conseguirlo. 
Las flores abriéndose al futuro solo me recordaban lo bonitas que son cuando hacen coronas. 
En un último esfuerzo me levanté para cerrar la persiana por donde entraba el cielo de abril.
De vuelta a la cama, cerré los ojos a la espera de un mes más propicio.

jueves, 11 de octubre de 2012

BALAS PERDIDAS PARA CARNE DE CAÑÓN



El funeral duró seis años y un día. Tiempo suficiente para dejar al difunto en los huesos. Cuando salió tuvo que aprender a respirar, a elegir el menú diario, a mirar al horizonte, a caminar sin rotondas. Cada mañana necesitaba más que una ducha y un café para volver a ejercitar los músculos atrofiados de una voluntad somnolienta, deshecha, vencida. Un mundo extraño y hostil más que antes si cabe, obstruía su raciocinio. Se encorvaba al sentir el peso de las nubes. Con el alivio que le había proporcionado creer que más allá del techo habían unos cómplices de algodón. Tenía lo que tanto anheló y en cambio añoraba no tenerlo. Se reconocía vivo al pensar en aquellas cartas que escribía a diario; en el sufrimiento por aquel amor interrumpido cuando más necesitaba extenderse; en el regocijo de la desesperación; en la falta de expectativas; en la seguridad de un orden exacto. Le espantaba el bullicio de cualquier calle concurrida y le tranquilizaba pensar en la cantinela inanimada y redundante del funcionario en el recuento. El luto se instaló como un inquilino con renta antigua imposible de desahuciar. ¿Dónde se alojó la bala perdida en su carne de cañón? ¿Quién abrió sus cartas antes de recibirlas? ¿Quién recuperó sus dividendos tras la estafa? El sueño le abandonó al cumplirse. La celda lo capturaba. Y al salir del presidio reventó aburrido y ensangrentado, como lo hacen las pompas de jabón al tocar el suelo.
El funeral no duró lo que dictó un juez. Duró toda una vida.  
La carne de cañón es para las balas perdidas.