Esa mañana, fuera por lo comido, por los nervios o por su propia cantidad de podredumbre en la médula, le dolían las tripas y le sudaban las manos ya manchadas de sangre inocente antes incluso de derramarla.
Compró el periódico y veía su foto en primera plana con un titular del tamaño de una tormenta que despoja de sol a todo un país, pero que así evita que nadie sufra quemaduras, insolaciones o melanomas: El nuevo Mesías por fin viene para hacer justicia.
De camino a casa tiró la prensa recién adquirida sin haberla leído. Le mandó un mensaje de móvil a su madre bastante cariñoso, encendió una vela bajo la imagen de un santo y salió de casa dando un portazo.
Un día después, su madre sintió un inconsolable rechazo hacia su vientre y el santo de la imagen, incrédulo y espantado, apagó la vela con un último soplo mezcla de dos brisas: la melancolía y el fracaso.
No llegó el Mesías, llegó el luto.
Cuando creas uno de estos escritos, siempre se me pone la carne de gallina, saboreando cada párrafo... ¿duro? sí ¿genialidad? siempre
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