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jueves, 7 de abril de 2011

SÁBANAS BLANCAS Y CADENAS CON BOLAS

El pasillo, estrecho y largo con paredes transparentes. La cocina, de fogones encendidos con humo levantándose de ollas antiguas. La puerta de entrada es como un puente levadizo con foso.

El dormitorio tiene insomnio, se desvela.

Las fotos con marco de plata encierran recuerdos perdidos. Las ventanas abiertas dejan pasar la niebla. El suelo de gres está raspado.

La casa está deshabitada pero, cada 2 de enero se llena de ruido sordo, remoto, triste. Los vecinos pueden corroborarlo, bajan el volumen de la tele y asustados se quedan quietos hasta que los suspiros disminuyen y se apagan.

El del quinto aseguró en una ocasión que vio una sábana blanca tendida en los cordeles del piso sin vida. En la reunión de escalera se hicieron chascarrillos con esa confesión: que si el fantasma es muy limpio, que si lava a mano porque no se oye la lavadora, etc.

Bla, bla, bla... Lo que no sabían es que cada 2 de enero una chica entraba a hurtadillas en la casa. Era su amante. Luego de etéreos sudores ella se marchaba a otro barrio donde tenía una casa con el pasillo estrecho, la cocina con cacerolas de barro y las fotos de plata rezumando amargura.

CAMBIOS QUE NUNCA LLEGAN

Tenía un andar decadente, un respirar asmático, un pelo que le abandonó cuando empezaba a anillarse y en el bolsillo una esperanza de mejora cual recorte de periódico de la sección de horóscopos, pero de los buenos, de los que consiguen convencerte de que vas a tener un día superior, como un masaje con aceite de palabras amañadas pero aromáticas.

Tenía jodida la vesícula, hundido el pecho, alejada la sexualidad y un número mágico que haría excitar la imaginación a una piedra, buena señal dirían los videntes más trileros.

Tenía una mala racha, de hecho no recordaba ninguna buena. Si fuera una seta le crecerían los hongos.

Pero todo ello estaba a punto de acabar. Iba como un tiro derecho a una administración de lotería pensando en qué banco depositaría su futuro de amor y lujo. Sabía que a partir de entonces le iban a rodear las putas, los amigos ladrones y los aduladores de cartón. No le importaba. Disfrutaría de todo hasta hartarse y luego haría tabla rasa para quedarse con lo verdadero. Tenía suficiente inteligencia y destreza como para manejarse en cualquier pista de patinaje, por arañada que estuviera.

Salió de la administración de loterías con un andar decadente, un respirar asmático, una peluca que compró del todo a cien y un optimismo a prueba de bombas.


jueves, 31 de marzo de 2011

UN PERDER ES UN GANAR

Si tienes la fortuna de poder elegir es mejor perder que ganar. Yo llevo poniéndolo en práctica casi cinco décadas. A corto plazo es hacer un poco el tonto, pero es engañoso. Voy a explicar lo inexplicable: se trata de elegir el camino más difícil, lleno de piedras y sin asfaltar frente a una autopista sin peaje. Es rentable, honesto y feliz. Nadie niega que el recorrido no sea doloroso, pero si hay un mínimo espacio en tu frente sabrás de qué hablo. Realmente es muy sencillo: al darlo todo por perdido, todo se gana. Es la manera más directa de luchar contra ti y aceptar al de enfrente, porque siempre hay alguien igual, peor o mejor que tu. Si consigues vencer a tu "yo" habrás ganado a todos los otros. Y no es fácil. Lo sé porque hasta que no desaparezca no sabré si he triunfao ganándome el amor de los demás. Tengo un pequeño secreto que me ayuda en los momentos cuando me convierto en un egoísta de mierda, y es envejecer sin matar al niño inocente y puro que una vez fui. Nací para perder, pero salvaré mi alma contaminada y ridícula si consigo no perder la sonrisa llena de dientes oscuros.

NATA CON FRESAS Y FALDA DE TABLAS

El trabajo estaba hecho. Tenía las mangas arremangadas, sudor empezando a enfriarse y un ligero temblor. Sentado y quieto contemplaba su obra. La tele escupía colores de dibujos animados, de esos que ponen al amanecer para que los infantes se tomen el desayuno sin pestañear, aunque no me creo que nadie esté a esas horas dispuesto a ingerir cereales con leche. No tenía noción del tiempo que pasó. Solo le venían dos fogonazos. Uno era el principio y se encontraba en el parque. El otro era el final y estaba sentado en su casa con una sierra en la mano. Pensó que no había imaginado lo dificultoso que resulta cortar cuando llegas al hueso. Todo era confuso, pero sentía una extraña calma tras el éxtasis. Unos finos hilos de sol entraban por la persiana incompletamente bajada. Le entró hambre y recordó las fresas con nata que la niña no se acabó. Se las engulló y usó como servilleta una faldita de tablas que había por allí. Se puso el pijama, se acostó y durmió como el niño inocente y puro que una vez fue.

El trabajo está hecho.