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jueves, 20 de octubre de 2011

EL HOMBRE DE VERDAD

El olfato está en la polla, la sensibilidad en los cojones.

Desbordao de testosterona aniquila la perfumada civilización.

Qué gallardo este hombre cumpliendo todas las fases del seductor redomado.

Figura inamovible, pescao de agua estancá.

Pecho palomo, cintura de muelle que salta al paso de cualquier falda por larga y tupida que sea.

Poder luminoso necesitado de recipientes para sus pies hechos patadas.

Qué derroche de material en venta, de músculo ardiente buscando pasarelas.

Ojos inyectados en semen, manos como moldes para tetazas y tarjetas de crédito para marcar ganado.

El amor es así. Este hombre es así.

Palabras usurpadas envueltas en aceite de saliva dichas muy cerca de la oreja, irresistible humedad.

Piernas fuertes para soportar de pie el asalto a toda carne multiorgásmica.

El espejo de su baño es la primera doncella del día que sucumbe a sus encantos, no le devuelve la imagen, se la traga con unos gemidos como de cristales fundidos, soplados. Así es un día del hombre de verdad, repartiendo amor a diestro y siniestro.

Y al llegar a casa, después de un día agotador, nuestro hombre prefiere la diestra, su diestra, porque mal hombre es, aquel que no se quiere a sí mismo.

DE VUELTA


Para volver hace falta haberse ido,uno tiene que estar muerto para nacer.

Sin embargo, para sufrir se necesita cualquier ínfima cosa.

Para correr hacen falta un par de piernas en la imaginación:

La maleta preparada, deshecha tras un viaje lleno de fronteras. Cuños en el pasaporte, arañazos en la piel, detenciones inesperadas.

Si te dejan entrar, es que ya te han echado hace tiempo.

Una suave caricia en enero se puede convertir en una llaga purulenta en diciembre.

La estación está llena de cadáveres abandonados, unos por haber perdido el tren y otros por haber agotado los viajes.

La tormenta nos deja con una promesa: volveré.

La noche muere asaeteada por un incipiente amanecer y se puede leer en sus labios sus últimas palabras: esto no acaba aquí, dame tiempo...

Nunca se aprende lo suficiente aunque estés de vuelta, porque esto no es una raya continua, es un maldito círculo bello y perfecto.

Para saber dónde te encuentras sólo necesitas averiguar dónde están los demás.

De vuelta no está nadie.


CRISTALES ROTOS EN LA ALMOHADA

Había un hombre que siempre se levantaba desvencijado, brumoso, herido de muerte.

Cada mañana su cuerpo tenía resaca de castigo.

Huérfano de alma vagaba como zombi ciertamente falto de humanidad, gastado, expulsado de su propia carne.

Había desarrollado un terrible temor a dejarse vencer por el sueño que nunca había sido reparador.

No entendía su extraña enfermedad, compuesta de cansancio, dolor y pegamento nocturno endurecido.

Cuando entraba a la ducha no caía agua, caía sal sobre una piel cuarteada en toda su extensión. Dicen que lo que pica cura, pero para él sólo era una irónica frase de viejas, cargada de infección.

Buscó remedio en la ciencia, en los mercaderes charlatanes, en la díscola fe, pero sólo encontraba fraude, decepción y burla.

Desesperado dejó la cama vacía y sorprendentemente comenzó a sentirse aliviado.

Se esforzó en estar despierto lo más posible, callejeando.

Un día, quizá el último que podía aguantar, conoció a alguien que se apiadó de él entrando en su vida cotidiana, y al ver su cama desecha de tiempo, se puso manos a la obra, y al cambiar las sábanas encontró cristales en su almohada. Recicló el vidrio y le regaló el primer descanso de su vida.


¿QUIÉN?...YO

Tanto ser diverso (tantos dioses y demonios

éste más ávido que aquél) es un hombre


(tan fácilmente uno se esconde en otro;

y, no obstante, cada uno, siendo todos, no escapa de ninguno)

tumulto tan vasto es el deseo más simple:

tan despiadada mortandad la esperanza

más inocente (tan profundo el espíritu del cuerpo,

tan lúcido eso que la vigilia llama sueño)


tan solitario y tan nunca el hombre solo

su más breve latido dura un año terrestre

sus más largos años el latido de un sol;

su más leve quietud lo lleva hasta la estrella más joven


¿Cómo podría ese tanto que se llama a sí mismo Yo

atreverse a comprender su innumerable Quién?


Texto de Pepa Ruiz