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domingo, 29 de enero de 2012

VIENTOS YA PASADOS

A veces me siento como un muerto bajo tierra con un soplo de vida extra.

A veces la lluvia que me ahogó en el verano del sesenta y cuatro no termina de secar y enfriar la piel que rodea falazmente mi interior lastimoso.

La luz reflejada en copas de vino agrio me ciega bajo gafas de sol graduadas.

Tanta torpeza no puede tener rédito, tanto tiempo malherido debería concluir.

Una pizca de lucidez entrega agradecimiento por los tiempos dulces pasados.

Conversaciones jugosas dilatadas que detenían amaneceres, fiebre de una juventud hambrienta y necesitada, brindis por un futuro prontamente arrugado.

Segundas oportunidades, correcciones permitidas y un grueso soplo de viento fresco para mover huesos vacíos.

Aunque tengas el corazón lleno de musgo y moho no dejará de latir mientras le llegue vino, caricias y sol.

En algún lugar indefinible se depositan sustancias imperecederas, transportadas por un viento sutil que aniquilan la culpa, capaces de hacer florecer la redención.

A una borrasca le sigue un anticiclón, a toda juerga le llega su resaca.

A veces me siento como un viento ya pasado, sí; pero agradecido.


jueves, 26 de enero de 2012

SOBREDOSIS DE AMOR Y DROGA

Hinco las rodillas ante la materia de lo que estoy hecho. Cobardía y pusilanimidad.

Prefiero un sofá a un hervidero de dignidad. Un silencio al sonido de un cañón, aunque sea contra la barbarie. Un traje de hombre invisible y convicto al de superman declarado no culpable.

Prefiero un hotel a una tienda de campaña, agua calentita a ducha de legionario, reserva a entrega, huida a enfrentamiento.

Si no me mojo, no es porque sea de secano.

Si no cumplo con nadie es porque jamás pude cumplir conmigo.

Si me escondo en la fosa del limbo es porque allí quedé la primera vez que jugué al escondite.

Necesito amor y droga. Amor para que alguien ame lo que yo no puedo ni ver. Droga para aguantar lo que no puedo admitir pero, los camellos ya no me fían.

Aguanto porque, a pesar de mí, los acordes que me rodean no merecen una fatal sobredosis de desafinación.

Hinco las rodillas ante la materia de lo que están hechos los demás.

Sobredosis de droga, amor y vida.

jueves, 19 de enero de 2012

APARTANDO LUNES, MARTES, MIÉRCOLES Y JUEVES

Sobrevivir a un lunes mortecino es el triunfo del martes que queda a los pies del miércoles puritano y olvidado por un jueves de saliva húmeda, preámbulo de la verdadera comilona llamada viernes. Día de la semana irreverente, pícaro y untuoso; donde explota enamorada la materia perfecta.

Fue un viernes de abril cuando los amantes dieron un golpe de estado, cuando la apatía resbaló por el desagüe, cuando el peso de la zozobra fue más frugal.

Gin-tónic de fresas, aroma de cigarrillos de contrabando, sustancias mal vistas de precio caro y gestos felices tan puros como las estrellas cercanas.

De oro el brillo del sudor de bailarines intoxicados, de hierro plateado los pezones ocultos en un mar de abrazos, de fiebre azul los latidos más desesperados y de lija abrasiva los ojos en blanco por el placer.

El sábado no tiene opciones, ha perdido su dominio en Internet. Se conforma siendo un apéndice del viernes. Tiene elección al estar entre el principio y el final: ¿Viernes o domingo? Al fin y al cabo la cabra siempre tira al monte. No seré yo quien le juzgue.

Sobrevivir a un viernes significa que podrás apartar con empujones de deseo al próximo lunes, al martes, al miércoles y al jueves. Tengo una rara salivación...


jueves, 12 de enero de 2012

DESMORONARSE CON FORTALEZA

El pintalabios le dejaba un sabor caduco, algo parecido a su vestido más usado. Su espejo la clonaba con tristeza como sus antiguas fotos de sonrisa forzada, pero ella aguantaba con fragilidad rocosa al enfrentarse a cada pequeña cotidianidad, a cada latido involuntario; a cada bloque de tiempo aplastante.

Tenía amuletos balsámicos que la ayudaban a pisar el vacío, como esos zapatos rojos de tacones altos y finos. Aunque, cuando la emoción del viaje se ha perdido, nada sirve.

Arrostrarse a sí misma no era fácil. Darse por vencida, tampoco. Su estructura interna era de diamante y la falta de ánimo no era suficiente para cerrar el negocio.

Se desmoronaba con elegancia y decoro. Sin lamentos, flaqueza o autocompasión.

Seguía de pie en un mundo arrodillado, sin motivos para esa engañosa altanería, pero dando una lección de integridad en medio de la abyección más vergonzante.

Hacía de su caída un modelo incontestable de cómo se debe naufragar sin convertirse en falsa arqueología en lo más profundo del mar común.