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viernes, 10 de febrero de 2012

CINE PARA PALADARES ATORMENTADOS

Una voraz hambruna dejó un rastro de asombro sobre la más desprevenida copiosidad. Se instaló la extrañeza, la desorientación y el desmayo.

Cuando descubres a un cineasta capaz de llenarte el estómago de agujas, algodones y reflejos donde mirarte, así te quedas.

El encuentro te deja exhausto, asqueado e insólitamente feliz.

Vivir experiencias anómalas en una sala de cine o en el salón de tu casa puede ser más poderoso y estimulante que saltar en paracaídas, correr en pelotas por el mercado de abastos o llegar tarde a tu muerte.

Las películas que ha firmado Paul Thomas Anderson ayudan a plantearnos sin remilgos lo miserables que podemos llegar a ser. Pero como una enorme paradoja conseguir, gracias a ella, mirarnos con humilde compasión.

Deseos, engaños, ponzoña y atisbos de lucidez.

Desmedidas ambiciones, lógicas penumbras, humana condición.

Descubrir el mundo siempre es doloroso.

Quizá por entre la hojarasca, el estiércol y la inmundicia, se esconde la magia.

domingo, 29 de enero de 2012

QUEDA EL FINAL

Mañana llegará aunque no hayas hecho lo adecuado, aunque las cenizas sigan a un incendio, aunque se inunda de agua el mar.

El puño golpeando un espejo dará trabajo a manos abiertas, las venas tendrán urbanistas que las vacíen y el odio desbordado brillará cuando se agote.

Por un lodazal se abrirá paso el humo volátil de todos los infiernos casi humanos.

La llave oxidada de nuestro cerrojo se perderá en su propia búsqueda.

Vendrán las sombras a reclamar los brillos malgastados, las bombillas de filamentos fundidos como promesas, las cuentas sin saldo, la lluvia derramada sobre papel rocoso.

Y los arañazos en una pizarra de un instituto abandonado serán los relámpagos enfermos de una humanidad suspendida en los hilos hilvanados, devanados y cortados por las parcas.

Nadie podrá detener que el final se cumpla, aunque no hagamos lo adecuado, aunque el mar se inunde con cenizas de lo que fuimos.

El mañana matará nuestro hoy, sin resentimientos, sin dramas gratuitos, sin complejos, sin deslices innecesarios, como un hallazgo contundente, como la sentencia de un juez divino.

Podemos carecer de todo, menos de un final. Es lo que nos queda.

Nada más.


VIENTOS YA PASADOS

A veces me siento como un muerto bajo tierra con un soplo de vida extra.

A veces la lluvia que me ahogó en el verano del sesenta y cuatro no termina de secar y enfriar la piel que rodea falazmente mi interior lastimoso.

La luz reflejada en copas de vino agrio me ciega bajo gafas de sol graduadas.

Tanta torpeza no puede tener rédito, tanto tiempo malherido debería concluir.

Una pizca de lucidez entrega agradecimiento por los tiempos dulces pasados.

Conversaciones jugosas dilatadas que detenían amaneceres, fiebre de una juventud hambrienta y necesitada, brindis por un futuro prontamente arrugado.

Segundas oportunidades, correcciones permitidas y un grueso soplo de viento fresco para mover huesos vacíos.

Aunque tengas el corazón lleno de musgo y moho no dejará de latir mientras le llegue vino, caricias y sol.

En algún lugar indefinible se depositan sustancias imperecederas, transportadas por un viento sutil que aniquilan la culpa, capaces de hacer florecer la redención.

A una borrasca le sigue un anticiclón, a toda juerga le llega su resaca.

A veces me siento como un viento ya pasado, sí; pero agradecido.


jueves, 26 de enero de 2012

SOBREDOSIS DE AMOR Y DROGA

Hinco las rodillas ante la materia de lo que estoy hecho. Cobardía y pusilanimidad.

Prefiero un sofá a un hervidero de dignidad. Un silencio al sonido de un cañón, aunque sea contra la barbarie. Un traje de hombre invisible y convicto al de superman declarado no culpable.

Prefiero un hotel a una tienda de campaña, agua calentita a ducha de legionario, reserva a entrega, huida a enfrentamiento.

Si no me mojo, no es porque sea de secano.

Si no cumplo con nadie es porque jamás pude cumplir conmigo.

Si me escondo en la fosa del limbo es porque allí quedé la primera vez que jugué al escondite.

Necesito amor y droga. Amor para que alguien ame lo que yo no puedo ni ver. Droga para aguantar lo que no puedo admitir pero, los camellos ya no me fían.

Aguanto porque, a pesar de mí, los acordes que me rodean no merecen una fatal sobredosis de desafinación.

Hinco las rodillas ante la materia de lo que están hechos los demás.

Sobredosis de droga, amor y vida.