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viernes, 10 de febrero de 2012

BARATO FIN DE SEMANA

Era un compromiso suscrito bajo besos a la intemperie.

Él, henchido de deseo, podía bifurcar su mente en dos ríos llamados testosterona y pragmatismo. Ella, disuelta en placer juvenil, podía escuchar, sentir y asentir sin perder atención.

Por entre palabras escurridas, él pudo decir que su primer sueldo lo gastaría en un hotel mínimamente adecuado para encuadrar tanta pasión. Quizá en Amsterdam.

Por entre chasquidos, ella asintió sin saber cómo responder.

Llegó un contrato de los que ahora ni siquiera se llaman así.

El parque fue testigo de tamaña noticia. Hasta las ramas de los árboles temblaron por la emoción y no por el viento.

Él trabajó como un héroe sin darse cuenta de que lo hacía como un esclavo.

Llegó el día de la paga, el día de poder cumplir lo escrito con labios enamorados.

Llegó lo que tenía que llegar. Lo que siempre llega. El contrato era un contracto en prácticas y como tal, la empresa había puesto más que él. Él no sabía nada antes de empezar, la empresa lo sabía todo y eso tenía un precio: no cobraría nada hasta que su trabajo fuera rentable, pongamos dos años de formación. Pongamos dos años en los que para ella y para él serían una eternidad. Pongamos que ellos, más que perder un fin de semana en un hotel adecuado prometido bajo besos a la intemperie, perdieron la inocencia.

Amsterdam debía esperar.

CINE PARA PALADARES ATORMENTADOS

Una voraz hambruna dejó un rastro de asombro sobre la más desprevenida copiosidad. Se instaló la extrañeza, la desorientación y el desmayo.

Cuando descubres a un cineasta capaz de llenarte el estómago de agujas, algodones y reflejos donde mirarte, así te quedas.

El encuentro te deja exhausto, asqueado e insólitamente feliz.

Vivir experiencias anómalas en una sala de cine o en el salón de tu casa puede ser más poderoso y estimulante que saltar en paracaídas, correr en pelotas por el mercado de abastos o llegar tarde a tu muerte.

Las películas que ha firmado Paul Thomas Anderson ayudan a plantearnos sin remilgos lo miserables que podemos llegar a ser. Pero como una enorme paradoja conseguir, gracias a ella, mirarnos con humilde compasión.

Deseos, engaños, ponzoña y atisbos de lucidez.

Desmedidas ambiciones, lógicas penumbras, humana condición.

Descubrir el mundo siempre es doloroso.

Quizá por entre la hojarasca, el estiércol y la inmundicia, se esconde la magia.

domingo, 29 de enero de 2012

QUEDA EL FINAL

Mañana llegará aunque no hayas hecho lo adecuado, aunque las cenizas sigan a un incendio, aunque se inunda de agua el mar.

El puño golpeando un espejo dará trabajo a manos abiertas, las venas tendrán urbanistas que las vacíen y el odio desbordado brillará cuando se agote.

Por un lodazal se abrirá paso el humo volátil de todos los infiernos casi humanos.

La llave oxidada de nuestro cerrojo se perderá en su propia búsqueda.

Vendrán las sombras a reclamar los brillos malgastados, las bombillas de filamentos fundidos como promesas, las cuentas sin saldo, la lluvia derramada sobre papel rocoso.

Y los arañazos en una pizarra de un instituto abandonado serán los relámpagos enfermos de una humanidad suspendida en los hilos hilvanados, devanados y cortados por las parcas.

Nadie podrá detener que el final se cumpla, aunque no hagamos lo adecuado, aunque el mar se inunde con cenizas de lo que fuimos.

El mañana matará nuestro hoy, sin resentimientos, sin dramas gratuitos, sin complejos, sin deslices innecesarios, como un hallazgo contundente, como la sentencia de un juez divino.

Podemos carecer de todo, menos de un final. Es lo que nos queda.

Nada más.


VIENTOS YA PASADOS

A veces me siento como un muerto bajo tierra con un soplo de vida extra.

A veces la lluvia que me ahogó en el verano del sesenta y cuatro no termina de secar y enfriar la piel que rodea falazmente mi interior lastimoso.

La luz reflejada en copas de vino agrio me ciega bajo gafas de sol graduadas.

Tanta torpeza no puede tener rédito, tanto tiempo malherido debería concluir.

Una pizca de lucidez entrega agradecimiento por los tiempos dulces pasados.

Conversaciones jugosas dilatadas que detenían amaneceres, fiebre de una juventud hambrienta y necesitada, brindis por un futuro prontamente arrugado.

Segundas oportunidades, correcciones permitidas y un grueso soplo de viento fresco para mover huesos vacíos.

Aunque tengas el corazón lleno de musgo y moho no dejará de latir mientras le llegue vino, caricias y sol.

En algún lugar indefinible se depositan sustancias imperecederas, transportadas por un viento sutil que aniquilan la culpa, capaces de hacer florecer la redención.

A una borrasca le sigue un anticiclón, a toda juerga le llega su resaca.

A veces me siento como un viento ya pasado, sí; pero agradecido.